El simbolismo de la playa
Halil Bárcena

Uno de los aspectos más sobresalientes desarrollados por la espiritualidad sufí, así como por la gnosi shií, toma como base el concepto árabe de raigambre coránica barzâj (Corán 25, 53), que podríamos traducir por itsmo e incluso espacio intermedio o punto de transición entre dos entidades o lugares. En cualquier caso, jamás barzâj connota estrecho que separa sino más bien puente que une, al menos tal como los espirituales musulmanes, tanto sufíes como shiíes, lo comprendieron. Dichos espirituales también dieron en llamarlo 'âlam al-mizâl o espacio de la simbolización, que el islamólogo francés Henry Corbin tradujo como mundus imaginalis, una expresión meritoria, ciertamente, pero que confundió a más de uno, puesto que lo que los místicos sufíes y los gnósticos shiíes del período clásico entendieron por 'âlam al-mizâl o ámbito donde se objetivizan las imágenes simbólicas muy poco (¡de hecho nada!) tiene que ver con la concepción europea de la imaginación, más cercana a la fabulación fantasiosa que a otra cosa.
Sea como fuere, y sin miedo a exagerar, podría afirmarse que todo el sufismo, el esoterismo islámico en general, se fundamenta en dicho concepto clave, barzâj, ignorado por unos (los que ahogan lo espiritual en la ciénaga del legalismo) y malinterpretado por otros (los que confundan imaginal con imaginario). La arquitectura funeraria islámica tiene como base dicha idea de mediación. Así, las tumbas de sufíes relevantes (awliyâ') guardan una misma disposición arquitectónica: un cuadrado (el mundo terrenal), una cúpula (lo divino celestial) y un octógono (que representa al propio sufí) que actúa a la manera de tránsito entre el mundo y Dios. Y es que el sufí encarna una experiencia plena de la vida y, como tal, nos abre a las posibilidades de lo divino que laten en el fondo de la consciencia humana, siendo principio y fuente de la vida. De hecho, todo hombre consiste en un barzâj, al menos el hombre despierto y consciente de serlo. También la imagen del derviche giróvago representa un barzâj. En él, en su continuo girar al ritmo del latido del corazón, que es el de la propia vida, lo espiritual se corporaliza y lo corporal se espiritualiza.

Pero si hay un espacio geográfico que mejor represente la idea de barzâj ese es la playa. Sin embargo, para comprender todo su fértil simbolismo es preciso recurrir a una cultura y a una espiritualidad, la polinesia, y más específicamente la maorí novazelandesa, desdeñada por los estudiosos occidentales del hecho religioso. En efecto, para los maoríes, el mar y la playa poseen un papel de primer orden en su cosmovisión. La playa es un lugar sin simiente. Aparentemente, pero sólo aparentemente, se trata de un espacio de muerte, sin alimento. Es un espacio baldío; demasiada sal para que la vida viva en él. Sin embargo, escribe la escritora maorí Patricia Grace, "a pesar de ser una nada, un lugar neutral -no es ni tierra ni mar- hay libertad en la playa, hay paz. Hay libertad para buscar la nada, la pila de sargazo, las viejas ramas, la concha vacía, el esqueleto de un pez; buscar lo minúsculo, el principio, o el final que es el principio". "Aquí el anhelo y el deseo", prosigue la autora de Potiki, "se concilian; los pensamientos y los sentimientos cambian: el mar y el viento los depuran como depuran los granos de arena".