Montsant, un lugar de poder,
un rincón con baraka
Halil Bárcena

Desde hace más de veinte años, subo al macizo del Montsant, en la comarca tarraconense del Priorat, al sur de Catalunya, un promedio de unas treinta veces por año, ya sea para caminar, pernoctar en alguna cueva o al raso o, en el último año, para iniciarme en la escalada. Para mí, el macizo del Montsant es el verdadero omphalos espiritual de Catalunya. Y es que el Montsant posee baraka, y con eso queda dicho todo. En efecto, este es un rincón con baraka, un lugar de poder. No en balde, Albarca (del árabe al-baraka, que significa, justamente, energía y bendición) es el nombre de uno de los pueblos que se alza al pie de la sierra. De hecho, los pobladores del territorio durante el periodo islámico, cuando éramos musulmanes, denominaban al macizo yabal al-baraka, esto es, ‘la montaña bendecida’, de donde el actual topónimo Montsant, que en catalán significa, precisamente, ‘la montaña santa’. Efectivamente, el macizo del Montsant es un lugar sagrado, bendecido por una muy especial fuerza telúrica que le atraviesa a uno de arriba abajo con tan solo poner los pies en él. No resulta extraño que tantos hombres y mujeres se dieran a la vida eremítica en los múltiples recovecos de esta verdadera 'Palestina catalana'.

En este lugar la vida late con una fuerza inigualable. Para mí, el Montsant no es que sea bonito, sino que es bello. Lo bonito agrada; lo bello con-mueve, esto es, nos saca de nosotros mismos, nos descoloca, arrancándonos de nuestro diálogo interno, a fin de escuchar la voz atemporal de las entrañas de la tierra que nos habla en silencio acerca del misterio de la vida. De ahí que, para este cronista, cada paso dado por el Montsant es como una suerte de plegaria. Y es que a la naturaleza, en general, y a la montaña, en particular, y más aún a esta, se ha de acceder con el mismo respeto y temor reverencial con el que se adentra uno en un templo sagrado. A fin de cuentas, la naturaleza es el templo primordial por excelencia.

De los muchos grados existentes para acceder a la Sierra Mayor del Montsant, yo me quedo sin duda con el ‘grau’ de Lo Carrasclet, sobrenombre de Pere Joan Barceló i Anguera (m. 1741), guerrillero catalán que luchó contra el gobierno central, a fin de recuperar las instituciones catalanas, derogadas desde el decreto de Nueva Planta. La ‘vía ferrada’ del Montsant, muy exigente, también resulta espectacular; como espectaculares son, por lo que tienen de refugio y solaz para el espíritu, el ‘Racó dels Boixets’ y el ‘Toll de l’Ou’, verdadero oasis de verdor en un entorno mediterráneo de secano.

Siempre es buena época para ascender al Montsant, ya sea en primavera, por ejemplo, a finales del verano (la luz del mes de septiembre es hechizante) o durante el otoño. Ahora, en noviembre, por ejemplo, vale la pena ascender para contemplar desde lo alto del llamado 'Balcó del Priorat' lo el espectáculo otoñal de las viñas de la comarca, justamente, del Priorat -rica en vinos de verdad-, con sus gamas cromáticas que van desde el bermellón al amarillo áureo. A diferencia de tantos lugares del país, rasgados y entenebrecidos por el asfalto y el plástico, el hormigón y el hierro, aquí sí puede uno identificarse con un paisaje turbador por la potencia de su belleza y del que uno no se cansa jamás.