Béjart después de Béjart
Halil Bárcena

El pasado 3 de agosto, el Ballet Béjart de Lausanne, la herencia dejada por el bailarín y coreógrafo francés Maurice Béjart, fallecido hace tres años, indiscutiblemente una de las figuras más sobresalientes de la danza del siglo XX, presentaba en el Festival del Castell de Peralada su obra Le Presbytère (n'a rien perdu de son charme, ni le jardin de son éclat), bajo la dirección artística de Gil Roman, actual director del ballet béjartiano. La obra, estrenada el año 1997 es un homenaje a Freddie Mercury, ex-líder de la banda de rock sinfónico Queen, y Jorge Donn, antiguo primer bailarín de Béjart (y su pareja), ambos fallecidos a los cuarenta y cinco años a causa del sida.

La Presbytère..., una expresión de culto usada por los surrealistas de los años veinte, constituye un verdadero canto a la juventud, y más concretamente, a los que que amaron sin condiciones y murieron jóvenes y por amor, como el propio Mercury, un personaje harto singular. Nacido en Zanzíbar, en el seno de una familia zoroastriana de origen iraní, su nombre real era Faruk Bulsara. También murió joven el bailarín Jorge Donn, de quien se proyecta un vídeo conmovador en el tramo final de la obra. O el propio Mozart, muerto a los treinta y cinco años, cuya música, al lado de la de Queen, ocupa una buena parte de la obra.

Según Béjart, que abrazó el islam a finales de los años setenta a través del sufismo y la gnosis chií, la obra gira alrededor de la muerte, pero en modo alguno es siniestra o pesimista. Antes bien se trata de un ballet tremendamente alegre, que contagia alegría en el espectador, algo que pudo comprobar este cronista in situ. En efecto, Le Presbytère... constituye un espectáculo visual de colores brillantes y estimulantes, escenas atrevidas, que incluyen algún desnudo parcial femenino, y técnica perfecta de unos prodigiosos bailarines jóvenes que derrochan vitalidad a raudales e infinta entrega emocional. 
Y sobre dichos bailarines, alumnos aventajados de un Béjart que ya no está pero que está, trata El esfuerzo y el ánimo, excelente documental de Arantxa Aguirre, estrenado el año pasado en la Seminci de Valladolid, en el que se muestra el futuro de la compañía creada por Béjart a través de Aria, nuevo montaje de su sucesor Gil Roman, a quien el genio francés aconsejó no mirar atrás jamás. "Pase lo que pase, avanza", le dijo, él, el huracán Béjart, el volcánico Béjart, alguien que siempre miró hacia adelante, gracias a lo cual consiguió revolucionar el arte de la danza, hasta entonces secuestrada por el encorsetado ballet clásico y sus leyes tan hostiles a la vida.

De los distintos testimonios que se recogen en el documental me quedo con el de uno de los bailarines, que dice sobre Béjart: "Me dijo que había que bailar con generosidad". Soy incapaz de definir qué puede ser bailar con generosidad, pero puedo decir que los bailarines que danzaron en Peralada la semana pasada lo hicieron con una generosidad que cortaba el aliento. Si, como decía el propio Béjart (y otros), se danza como se es, el egoísta será incapaz de esbozar un solo paso; y si logra hacerlo, su danza no será creíble. Una estampa de lo que pudiera ser danzar con generosidad la hallamos en el derviche mevleví, en cuyo giro infinito receptividad y donación se funden en un abrazo amoroso. El derviche que gira está repleto de nada, eso simboliza justamente el blanco de sus ropajes rituales, y lo está porque se ha dado sin reserva. Darse (no dar) es la mayor expresión de generosidad. Tal vez danzar con generosidad sea eso, justamente, darse en el ritmo, entregarse a la fuerza abrumadora del movimiento hasta el vaciamiento más radical; sin esperar nada a cambio, ni tan solo agradar.