Sufismo más allá del sufismo
(o de cómo arder, arder, arder)
Halil Bárcena
(ellos saben bien quiénes son),
en el 800 aniversario del nacimiento
de nuestro común amigo y amado
Mawlānā Ŷalāl al-Dīn Rūmī,
incendiario de corazones. “¡Hū…!”
“He aquí la especie a la que pertenezco.
He aquí el fuego que te atrae,
la hoguera que entre la carne y la noche
te enamora. He aquí mi horda”
Antes que nada y como preámbulo a mi exposición acerca de lo que he dado en llamar el sufismo más allá del sufismo, verdadero arte del arder interior, ahí van unas consideraciones previas de carácter conceptual, a propósito de los términos “religión”, “espiritualidad” y “mística”, dada la irreprimible incomodidad que su utilización me provoca, si bien con matices diferentes en cada uno de los tres casos. Uno se pregunta, en primer lugar, si es posible aún seguir hablando de religión, sobre el hecho religioso en general, y por ende de diálogo interreligioso también, como si nada a nuestro alrededor hubiese sucedido en las últimas décadas, sobre todo en las llamadas sociedades europeas de innovación y conocimiento [1], unas sociedades móviles, fuertemente laicizadas y en las que el peso de lo religioso es cada vez más liviano y marginal, al haber sido arrumbado y, en consecuencia, desplazado del eje central de la cultura. No albergo la menor duda acerca del carácter irreversible de la crisis deflacionaria de los modelos religiosos tradicionales, del mismo modo que juzgo inadecuado, por inútil e imposible, tratar de reconvertir las religiones, ni tan solo reformarlas o adaptarlas, a fin de hacerlas más digeribles a los hombres y mujeres de nuestra atribulada y trepidante contemporaneidad; hombres y mujeres, por otra parte, que viven, en su inmensa mayoría, sobre todo las jóvenes generaciones, radicalmente de espaldas a la res religiosa y cuanto tiene que ver con ella.


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Hoy como ayer, el tasawwuf, eso que a partir de del siglo XIX [4], dio en llamarse sufismo en los círculos académicos europeos, se nos continúa mostrando como un asunto resbaladizo, desconcertante, un tanto raro y extraño, tal como he dejado escrito ya en algún otro lugar [5], al evocar las impresiones -hondas y muy sinceras, todo sea dicho- que a Thomas Merton [6] le produjo su inmersión en la llamada mística del islam. Y digo la llamada mística del islam porque el sufismo, a pesar de toda su mirífica riqueza polimórfica -no hay uno sino varios sufismos, como veremos más adelante- y de su inagotable hondura, en modo alguno constituye la única manifestación mística islámica, como a veces, casi siempre, suele afirmarse de forma un tanto imprecisa y abusiva. Dicho de otro modo, el sufismo no agota (jamás lo ha hecho, ni tampoco lo ha pretendido) todas las expresiones de lo místico en el ámbito del islam. Esto conviene decirlo de entrada y sin embudos, a fin de evitar equívocos, ser rigurosos en nuestro análisis y no empequeñecer la fértil, fecunda y, por qué no decirlo también, compleja diversidad existente en la religión y la civilización islámicas. En este punto, sería muy injusto no referirnos al trabajo monumental desarrollado por Henry Corbin (m. 1978) [7], puesto que esa fue, justamente, una de las grandes virtudes intelectuales -tuvo muchas otras- del filósofo e iránologo francés, la de habernos revelado la riqueza de las otras vías místicas islámicas, las de raigambre no estrictamente sufí, por bien que mantengan estrechos lazos doctrinales y de linaje espiritual entre sí, como es el caso de la gnosis šī ‛ ī, especialmente en su rama septimana o ismā‛īlī, que fue, dicho sea de paso, la rendija a través de la cual penetraron en el seno del Islam las antiguas religiones dualistas persas, maniqueísmo y zoroastrismo básicamente, cuya huella puede rastrearse también sin dificultad en el sufismo iranio [8], que es el que pretendo evocar aquí; un sufismo de una excepcional calidad espiritual, artística y literaria; un sufismo que mora, lo veremos, más allá del propio sufismo [9].



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Según leyenda que recoge el rico patrimonio oral de la mística sufí oriental, cuentan que en cierta ocasión un derviche persa fue interrogado a propósito de la naturaleza interior del sufí: “¿Ṣūfī čist [19]?, a lo que el buen hombre respondió: “Ṣūfī… ¡ṣūfīst!”, o lo que es lo mismo: “¿Qué es un sufí? Un sufí es… ¡un sufí!”. Pues bien, el taṣawwuf o sufismo no es ni más ni menos que eso… ¡el sufismo! Al igual que la propia vida -o el amor-, pongamos por caso, el sufismo es una realidad inefable, indefinible, indivisible, inclasificable, que sólo admite ser vivida, hecha experiencia. La vida, valga la redundancia, se vive, no se explica ni se dice. Abusando de la paráfrasis, podría afirmarse que como el Tao, que pierde su condición al ser nombrado, el sufismo que se puede mencionar no es el sufismo fáctico [20]. Hablar sobre él es, en cierto modo, traicionarlo; traducir conceptualmente su lenguaje simbólico, ya lo he apuntado, falsearlo. Por consiguiente, el sufismo no es más que vivir (lo cual no es poco). La mística sufí no es nada que se halle por encima ni en paralelo ni al margen de la vida misma. Vivir, eso sí, como sólo merece la pena hacerlo: despierto, alerta, de forma espontánea, aquí y ahora; en definitiva, la vida dura un momento, el presente. De ahí que se haya definido a veces al derviche, en la vieja tratadística sufí, como ibn al-waqt, “el hijo del instante” en árabe [21]. Y es que, en efecto, la eternidad del sufí cabe en el instante de una sola respiración [22]. Vivir convirtiendo cada acto en un acontecimiento único e irrepetible. Vivir desde el pasmo y la admiración, el interés (que es amor), por todo cuanto existe y es. En el camino espiritual, proclamará Rūmī, todo es maravilla y asombro (hayrat). Y utilizo el término “camino” como metáfora del andar espiritual y del derviche en tanto que ser viajero (homo viator), pero sabiendo que, a fin de cuentas, no hay recorrido alguno que hacer en la espiritualidad, ni lugar al que ir, ni proceso que observar: todo cuanto hay está ya aquí presente desde siempre, significándose más allá de las apariencias, y no en ningún allá exótico o recóndito al que debamos escapar. Vivir según reza el imperativo pindárico de ser lo que de hecho ya se es y hemos descuidado por necedad y negligencia, dada nuestra condición de seres olvidadizos.





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La presencia del derviche siempre ha sido, también hoy, incómoda, de ahí que se le haya querido acallar, y en algunos momentos incluso hasta eliminar. Lo que más incomoda del derviche es su libertad. El derviche es un maestro del callar, de hecho si de algo sabe es sobre el valor del silencio, pero cuando habla siempre dice lo que le viene en gana, ya que no tiene que rendir cuentas ante nadie. El único compromiso del derviche es con la Verdad, lo acabo de apuntar. Pero que el derviche posea un espíritu libre no quiere decir que sea un imprudente o un irresponsable. La presencia del derviche incomoda. Ya he dicho que el místico no representa el rostro afable y aterciopelado de la religión. Incomoda el derviche porque cuanto dice es de verdad. El derviche habla desde sus heridas y cicatrices. Ese es el único patrimonio que posee, las marcas de sus múltiples batallas. No olvidemos que el derviche es un ŷawānmardī, un caballero espiritual. El derviche no habla desde el burladero de la teología, parapetado tras dogmas y creencias, sino desde el centro del ruedo donde sucede la lidia de la vida. Las cicatrices del derviche hablan por sí solas de alguien que ha aceptado riesgos y retos, como Arjuna, el protagonista de la Baghavad Gita, al que Krishna insta a pelear y no rehusar el combate. A pesar de que incomode, el derviche es alguien del que uno se puede fiar. Primero de todo, por las propias cicatrices, pues indican que no es un cobarde ni un apocado, y que ha pagado un alto precio en sangre por transitar la senda del camino interior. En segundo lugar, uno se puede fiar del derviche, porque al ser libre ni nos necesita ni nos quiere para nada, por lo que su decir es absolutamente gratuito y desinteresado. El derviche no persigue convencernos de nada ni convertirnos a nada. Tampoco es un ladrón de afectos que nos exija sometimiento y una entrega total a su persona. El derviche no nos pedirá jamás que saltemos al vacío sin antes advertirnos que no vendrá una corte de ángeles celestiales a recogernos a media caída, sino que indefectiblemente nos partiremos la sesera en dos. Oír cuanto dice, o cuanto calla, puede resultar a veces duro y doloroso, a pesar de que sea pronunciado entre risas, ya que dirá lo que tenga que decir y no aquello que nosotros deseemos oír. El derviche no es un seductor de verbo almidonado, no es un prestidigitador de la palabra que nos vaya regalando los oídos con metáforas almibaradas acerca de la senda espiritual. Recordemos que habla desde sus cicatrices. De lo que habla el derviche es de lo que ha vivido. No habla, pues, de oídas o por segundas personas, “alguien me ha dicho que…”. Tampoco habla como espectador exógeno que ve desde fuera. El derviche da noticia veraz y detallada porque él ha estado allí. Conoce el fuego del que habla no por contemplarlo de lejos, sino porque se ha quemado en él. Dicho fuego no tiene nada que ver con la otra vida, sino con ésta, la presente, la única, la de aquí y ahora. Al derviche no le preocupa el más allá, sino el más aquí. El derviche ama el silencio por encima de cualquier cosa, pues sabe que es la matriz de toda palabra auténtica. Al optar por el silencio, el derviche pretende huir del fangal de las palabras que, irrumpiendo desde el ego, nada dicen, que nada aportan, que tuercen el sentir y fracturan el pensar. Ama el silencio, y no hay silencio sin escucha. Eso lo entendió muy bien Rūmī, cuyo sufismo puede definirse como una suerte de mística del samā‛ o escucha atenta. El universo que percibe Rūmī es un universo que vibra y suena. No es de extrañar, pues, que jāmūš, silente en persa, fuese uno de los “nombres de pluma” (tajalluṣ) más utilizados por el maestro persa de Konya, como cierre conclusivo de sus gazaliyyāt u odas místicas. De la palabra, gastada por el uso y abuso de un habla vulgarizada que a penas dice nada, al silencio, entendido éste como espacio matricial vacío, un locus non locus, del que nace la Palabra, esta sí, creativa, dadora y multiplicadora de vida. De la palabra al silencio; del movimiento a la quietud, que no es sino el principio rector de todo actuar desinteresado, el venero del que brota la acción desegocentrada. Ese es el círculo virtuoso al que Rūmī nos invita a entrar, que escribió: “La historia admite ser contada hasta este punto. Pero lo que sigue está oculto y es inexpresable en palabras. Aunque intentara hablar y expresarlo en cien formas, sería inútil. El misterio no se torna más claro. Puedes cabalgar sobre un caballo ensillado hasta la orilla. Pero a partir de ahí tienes que servirte de un caballo de madera [una barca]. Un caballo de madera es inútil en tierra firme. Pero es el vehículo especial para los que viajan por el mar. El silencio es este caballo de madera. El silencio es el guía y el sostén de los hombres en el mar” [43]. El diálogo con el derviche no es sencillo, y no porque hable poco. Ciertamente, el derviche es un hombre silente que sabe de silencios, que no se pierde en el cenagal de la palabrería fatua. Pero también hemos visto que ríe y bromea. No, lo que hace difícil el diálogo con el derviche es su férreo compromiso con la Verdad. Ahora bien, si se comparte dicho compromiso, nada habrá más sencillo que el diálogo con él. De ese modo, los derviches son ideales para el diálogo porque, al igual que los buenos economistas, saben sumar y, por lo tanto, multiplicar también. Por ejemplo, el derviche sabe por propia experiencia que el silencio individual es crucial, pero no ignora que el silencio colectivo suma y, según la calidad, multiplica. Sabe sumar el derviche a diferencia del burócrata de lo sagrado, del representante religioso acreditado, que sólo sabe restar, y los peores de entre ellos, además logran dividir. En ese sentido, el derviche es muy consciente que la palabra divide (por ejemplo la palabra teologal), mientras que el silencio une.

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Preguntado Mawlānā Ŷalāl al-Dīn Rūmī sobre qué es el sufismo, el maestro persa de Konya respondió: “Encontrar alegría en el corazón, cuando llega el momento de la aflicción” [44]. Evidentemente, no se trata aquí de un asunto de meteorología del estilo: “Al mal tiempo buena cara”. Para nada. Lo que Rūmī apunta va mucho más allá. Nos insinúa que el derviche se mide ante tres retos cruciales: la enfermedad, la vejez y la muerte, puesto que esos son, a la postre, los momentos reales de aflicción en la vida de todo ser humano; el resto es considerarse demasiado a sí mismo y eso, ya lo decía el propio Rūmī, es un puro veneno. Sólo quien es capaz de mirar a la enfermedad, la vejez y la muerte con paz interior merece ser llamado derviche. Tal vez vaya siendo hora ya de embriagarse y… arder, arder, arder.
[2] Sobre los distingos entre religión y espiritualidad, véase José María Vigil, “La coyuntura actual de la espiritualidad”, Éxodo nº 88, abril 2007, pp. 4-11
[3] Cfr. Raimon Panikkar, De la mística. Experiencia plena de la Vida, Barcelona: Herder, 2005
[4] La palabra “sufismo” no es muy antigua. Fue acuñada por primera vez, el año 1821, por el sacerdote e investigador alemán Friedrich August Tholluck, en su obra en latín Sufismus sive Theosophia Persarum pantheistica. Cfr. el prefacio de Michel Chodkiewicz a la obra de Christian Bonaud, Le soufisme. Al-tasawwuf et la spiritualité islamique, París: Maisonneuve & Larose, 1991, pp. 7-8
[5] Cfr. Halil Bárcena, “Sufisme, un afer estrany i desconcertant”, Qüestions de Vida Cristiana, nº 224, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2007, pp. 56-68
[6] Thomas Merton llegó a afirmar en su día que el sufismo era una cosa rara y desconcertante. Sobre la genuina y auténtica relación que el monje trapense mantuvo con el sufismo, véase Rob Baker-Gray Henry (eds.), Merton & Sufism. The Untold Story. A Complete Compendium, Louisiville: Fons Vitae, 1999
[7] Cfr. Henry Corbin, En Islam iranien (4 vols.), París : Gallimard, 1971
[8] La visión maniquea de la luz es el presupuesto de la percepción de la belleza de un sufí como Rūzbehān, conviene Henry Corbin en el capítulo “Maniqueísmo y religión de la belleza”, incluido en su libro El Imam oculto, Madrid: Losada, 2005, pp. 123-130
[9] Para una visión de conjunto sobre el sufismo persa y sus características, véase Leonard Lewisohn (ed.), The legacy of Mediæval Persian Sufism, London: Khaniqahi Nimatullahi Publications, 1992
[10] Cfr. Henry Corbin, El hombre y su ángel. Iniciación y caballería espiritual, Barcelona: Destino, 1995
[11] Cfr. Seyyed Hossein Nasr, El corazón del Islam, Barcelona: Kairós, 2007, p. 137
[12] Cfr. Henry Corbin, El Imam oculto, op. cit. p. 87
[13] Los derviches no aluden a la divinidad con la palabra Dios, sino mediante fórmulas como “Amigo” (Dūst), “Él” (Hū) o “Realidad Real / Verdad” (Ḥaqq)
[14] Acerca de las homologías doctrinales entre el sufismo y el vedanta advaita, véase Daryush Shayegan, Hindouisme et soufisme. Une lecture du “Confluent des Deux Océans”, París: Albin Michel, 1997. Se trata de una traducción y estudio del principal texto del príncipe sufí indio Dārā Šokūh (m. 1659), célebre por sus trabajos de traducción del sánscrito al persa. Animador de un círculo sufí integrado por sabios y místicos musulmanes e hindúes, Šokūh constituye, sin duda, uno de los pioneros avant la lettre del diálogo interreligioso. Cobró fama por sentencias como esta: “La ciencia del vedanta es la ciencia del sufismo y la ciencia del sufismo es la ciencia del vedanta”
[15] Cfr. Montserrat Abulmaham, El Islam: de religión de los árabes a religión universal, Madrid: Trotta, 2007
[16] Cfr. Ehsan Yarshater, “The Persian presence in the Islamic world”, en Richard G. Hovanissian-Georges Sabagh (eds.), The Persian presence in the Islamic World, Cambridge: Cambridge University Press, p. 74 y ss.
[17] Téngase en cuenta, por ejemplo, que, a diferencia de otros pueblos, tras la conquista árabe los persas se islamizan pero no se arabizan, persistiendo en el uso coloquial y literario de su lengua. Cfr. supra, nota 14
[18] Seyyed Hossein Nasr, op. cit., p. 55
[19] Translitero la letra چ [ché] persa como č, de tal manera que čist habrá de pronunciarse chist
[20] Sobre las convergencias doctrinales entre el taoísmo y el sufismo, sobre todo el de Ibn ‛Arabī y su concepción unicista de la existencia, véase Toshihiko Izutso, Sufismo y taoísmo (2 vols.), Madrid: Siruela, 1997
[21] Cfr. Rūmī, Matnawī-ye Ma‛nawī, ed. de Qawām al-Dīn Jorramšāhī, Teherán: Intišarāt Nāhīd,1997, libro I: 133 [Las siguientes referencias a esta obra están anotadas con la abreviatura M, seguida del número del libro y del número del verso en esta edición]
[22] La lengua persa aún es más gráfica y expresiva al respecto que la árabe. En persa, la palabra dam significa tanto “instante” como “aliento” y “respiración”. Podría decirse, por consiguiente, que el derviche es tanto un “hijo del instante” como un “hijo de la respiración”. De hecho, se respira para cada instante, para cada ahora, y no para un hipotético después
[23] Cfr. la lúcida exposición de la propuesta de camino interior formulada por Carlos Castaneda realizada por Amando Robles en su libro Hombre y mujer de conocimiento. La propuesta de Juan Matus y Carlos Castaneda, Heredia (Costa Rica): EUNA, 2006
[24] Cfr. Kullīyāt-e Šams-e Dīwān-e Kabīr, ed. de Badī‛ al-Zamān Forūzānfār (2ª ed.), Teherán: Amīr Kabīr, 1965-1967 (10 vols.), gazal nº 2642
[25] M I: 1763
[26] Acerca de la tendencia derviche malāmatī, véase Sulamī, La lucidez implacable. Epístola de los hombres de la reprobación (Risāla al-Malāmatīyya), Barcelona: Obelisco, 2003
[27] Citado en Annemarie Schimmel, Las dimensiones místicas del Islam, Madrid: Trotta, 2002, p. 131
[28] Cfr. Sulamī, op. cit. p. 37
[29] Citado en Titus Burckhardt, Introducción al sufismo, Barcelona: Paidós, 2006, p. 123
[30] Cfr. Sultān Walad, La parole secrète. L’enseignement du maître soufi Rûmî, París: Le Rocher, 1988
[31] M I: 1581
[32] Sohrawardī, L’Archange empourpré, París: Fayard, 1976, p. 168, trad. de Henry Corbin
[33] Cfr. Abdelmajid Charfi, L’islam entre le message et l’histoire, París: Albin Michel, 2004, p. 135
[34] M II: 1099
[35] Citado en Annemarie Schimmel, op. cit., p. 54
[36] M I: 1770
[37] Citado en Annemarie Schimmel, Introducción al sufismo, Barcelona: Kairós, 2007, p. 10
[38] Cfr. supra, n. 25
[39] Cfr. Louis Massignon, Essai sur les origines du lexique technique de la mystique musulmane, París: Éditions de Le Cerf, 1999, p. 110 [Primera edición, 1922]
[40] A propósito de dicha polémica, véase Djamchid Mortazavi, L’Autre Face de la pensée musulmane, París: Éditions du Rocher, 1997, pp.165 y ss.
[41] Cfr. Marià Corbí, El camino interior más allá de las formas religiosas, Barcelona: Ediciones del Bronce, 2001, p. 201
[42] Cfr. Martin Lings, Un santo sufí del siglo XX. El Šayj Aḥmad Al-‛Alawī, Palma de Mallorca: J.J. de Olañeta editor, 2001
[43] Citado en Reynold A. Nicholson, The Mystics of Islam, Londres: Routledge & Kegan Paul, 1978, p. 148
[44] Citado en Annemarie Schimmel, Introducción…, op. cit., p. 125


































