Halil Bárcena, "Perlas sufíes. Saber y sabor de Mawlânâ Rûmî" (Herder, 2015).

«Es verdad que jamás un amante busca a su amado sin haber sido buscado antes por éste» (Mawlânâ Rûmî, Maznawî III, 4393. Traducción: Halil Bárcena).

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Bienvenidos al blog del "Institut d'Estudis Sufís" de Barcelona (Catalunya - España), un centro catalán e independiente, dedicado al estudio de la obra del sabio sufí Mawlânâ Rûmî (1207-1273) y el cultivo del sufismo mevleví por él inspirado, en nuestro ámbito cultural.

Aquí hallarán información puntual acerca de las actividades públicas (¡... las privadas son privadas!) que periódicamente realiza nuestro instituto. Dichas actividades públicas están abiertas a todo el mundo, ya que nadie ha encendido una luz para ocultarla bajo la cama, pero se reserva siempre el derecho de admisión, porque las perlas no están hechas para los cerdos.

Así mismo, hallarán en el blog diferentes textos y propuestas relacionados con el islam, el sufismo y la sabiduría tradicional. Es importante saber que nuestra propuesta sufí está enraizada en la sabiduría coránica y la
sunna muhammadiana, porque el sufismo es el corazón del islam, pero el islam es el corazón del sufismo.

El blog está pensado como una herramienta de trabajo para todos aquéllos que tienen un sincero interés por Mawlânâ Rûmî, en particular, y la senda del sufismo islámico, en general. Por ello, sus contenidos se renuevan puntualmente. Si se suscriben al blog podrán recibir información puntual sobre todas las novedades que se produzcan.

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miércoles, 17 de febrero de 2021

Adéu al poeta català Joan Margarit.

 Adéu al poeta català Joan Margarit

En la mort del poeta i arquitecte Joan Margarit, lo darrer premi Cervantes.
D'Ell venim i a Ell retornem


"L'alegria d'un vell és el silenci".

(Joan Margarit, del poema "La pèrdua de la ignorància" del poemari Misteriosament feliç, Raval Edicions, Barcelona, 2008, p. 16).

lunes, 18 de mayo de 2020

Escribir, una pasión.

Escribir, una pasión

Cuando escribir es tu pasión

foto de Halil Bárcena.

(Escriba trabajando. Miniatura mogol. India, ca. 1500).

Pasión por escribir

Pasión por escribir

foto de Halil Bárcena.

Y seguimos escribiendo. Y la escritura desarma el yo y lo conmueve hondamente. Y el yo renuncia entonces a toda pretensión de superioridad y de saber. Y al punto algo vislumbra de lo real. Y sepan que el conocimiento es amor (Halil Bárcena).

Palabras: cárdeno

El misterio de la palabra "cárdeno"

Halil Bárcena

foto de Halil Bárcena.

Muy probablemente, la palabra "cárdeno" no sea la más bella de la lengua castellana, pero sí la más fascinante. Al menos, a mí así me lo parece. Cárdeno es el nombre de un color, concretamente el morado. Sin embargo, cuando se dice que un toro es cárdeno significa que es un toro blanco y negro. En cambio, si hablamos de aguas cárdenas queremos decir que son azuladas, como las de Maldivas, pongamos por caso. Pero, aún hay más: las piedras o las tierras cárdenas son de color rojizo, como ocurre en la población de Prades, en el Baix Camp tarraconense. Hablando de tierras rojizas, Borges titula 'La tierra cárdena', precisamente, un breve ensayo de su libro El tamaño de mi esperanza. Y, para colmo, el diminutivo de cárdeno, cardenillo, significa de color verde.
(Imagen: caligrafía de Pablo Khalid Casado).

domingo, 2 de abril de 2017

Toros y literatura árabe

Toros y literatura árabe

foto de Halil Bárcena.

foto de Halil Bárcena.
"Motivos taurinos en la literatura árabe contemporánea", artículo de Halil Bárcena publicado en la revista turca de literatura Yedi Iklim (marzo, 2017).
[Halil Bárcena'nın «Çağdaş Arap Edebiyatında Boğa Güreşi» yazısı Yedi Iklim dergisinde. Mart, 2017. Ispanyolcadan çeviren: Nesrin Karavar].

lunes, 27 de junio de 2016

Tratar con los hombres

Tratar con los hombres


"El trato con los mortales es un suplicio para un espíritu lúcido, 
una sangría sin fin".
(Emil Cioran, De lágrimas y de santos, Tusquets, Barcelona, 2008, p. 101).

miércoles, 15 de junio de 2016

El Oriente de Borges

El Oriente de Borges


"El fino olor del té, el olor del sándalo.
Las mezquitas de Córdoba y del Aksa
Y el tigre, delicado como el nardo.
Tal es mi Oriente. Es el jardín que tengo
Para que tu memoria no me ahogue".

Jorge Luis Borges, «El Oriente», La rosa profunda (Obras completas, Barcelona, Emecé, 1989, pág. 14).

[14-6-2016, treinta aniversario de la muerte del maestro Jorge Luis Borges].

martes, 31 de mayo de 2016

Los poetas de la Alhambra

Los poetas de la Alhambra

Halil Bárcena


El deseo de todo escritor de verdad es ver su obra editada algún día. Un hombre de letras anhela eso, publicar y ser leído. Nadie enciende una vela, se dice, para esconderla debajo de la cama. Gracias a internet y las nuevas tecnologías han aparecido nuevas formas de edición, alternativas al clásico libro impreso, de modo que darse a conocer hoy como escritor parece ser, en principio, más fácil que en tiempos pretéritos. Sin embargo, el caso que queremos reseñar aquí, ciertamente único y extraordinario, es el de aquellos poetas de la Granada nazarí, último bastión del islam andalusí, inmortalizados a través de los muros caligrafiados de la Alhambra, una de las joyas de la arquitectura islámica de todos los tiempos, convertida en verdadero libro abierto de la poesía hispano-musulmana. De hecho, la Alhambra es el monumento arquitectónico islámico que más inscripciones de todo tipo contiene.
Pocos poetas en la historia han tenido el privilegio de ver inmortalizada su obra en los muros de un monumento de la importancia de la Alhambra de Granada, como es el caso de Ibn al-Cayyâb (1274-1349), Ibn al-Hatîb (1313-1374) e Ibn al-Zamrak (1333-1393), que representan el momento más esplendoroso de la poesía epigráfica de la Alhambra. En ella hallamos caligrafiada de forma omnipresente el lema dinástico nazarí, wa lâ gâlib il·lâ Al·lâh (No hay más vencedor que Al·lâh), distintas expresiones regias laudatorias que recuerdan a los diferentes sultanes constructores, así como inscripciones votivas, de uno o dos vocablos a lo sumo, jaculatorias de alabanza y mención de Dios, sus atributos y dones, fórmulas piadosas en honor del profeta Muhammad y un buen puñado de aleyas coránicas.
Sin embargo, lo más singular de entre los distintos tipos de inscripciones del conjunto monumental de la Alhambra es la treintena de poemas, casi la mitad de todos los que se grabaron en ella, que han permanecido en sus muros, arrocabes y fuentes hasta nuestros días, desafiando todas las vicisitudes de la historia. Grabados en distintos materiales (mayoritariamente yeso, pero también madera y mármol) y caligrafiados en dos estilos, fundamentalmente, el cúfico, de carácter más bien rectilíneo, anguloso y sobrio, y el llamado sulus andalusí, que es una de las formas caligráficas propias de la cursiva árabe, tal como se dio en Al-Ándalus.
Como afirma el arabista granadino José Miguel Puerta Vílchez, uno de los mayores estudiosos del edificio nazarí, “la Alhambra contiene la mayor colección de poesía mural árabe clásica conocida (…), lo que le confiere una singularidad mayor todavía a este monumento”[1]. Efectivamente, la Alhambra es mucho más que un simple palacio islámico gracias, precisamente, a dicha poesía mural, cuyo interés estético, literario y cultural es inestimable, ya que, dado su carácter áulico e histórico, ofrecen no poca información acerca de los diferentes soberanos musulmanes que ocuparon el edificio y las realizaciones arquitectónicas que llevaron a cabo en el transcurso del tiempo, así como de distintos acontecimientos históricos de la época. En definitiva, la Alhambra también es un libro abierto de poesía e historia que precisa ser leído, es la voz eterna de la Alhambra.
Los poemas de la Alhambra fueron compuestos por los tres responsables de la llamada Secretaría de Redacción (Dīvān al-Nišā’), instituida por Muhammad II (1273-1302). Se trata de los tres poetas ya antes citados, algo insólito, sin duda, en el marco del arte islámico que, en la mayoría de los casos, se desarrolla a partir del anonimato. El primer poeta fue fue Ibn al-Cayyâb (1274-1349), adepto al sufismo, a pesar de la actitud hostil de los jurisconsultos malikíes hacia éste, y excelente cultivador del género poético llamado fahr, caracterizado por el orgullo personal y la autoestima. Le siguió su discípulo Ibn al-Hatîb (1313-1374), célebre historiador, médico, filósofo y, por supuesto, poeta, uno de los mayores eruditos de la historia de Al-Ándalus.
Por último, tenemos a Ibn Zamrak (1333-1393), el poeta de la Alhambra por excelencia, según lo denominó el arabista Emilio García Gómez, su principal traductor al español y uno de sus máximos expertos[2]. Se ha de decir al respecto que Ibn Zamrak fue el único gran poeta andalusí que vio en vida la Alhambra concluida y pudo, por lo tanto, disfrutar de ella. Con Ibn Zamrak, que ocupó también importantes cargos políticos, la poesía andalusí aplicada a la arquitectura alcanzó su máximo apogeo. Sus elaboradas y excepcionales casidas superan con creces al resto de poetas de la Alhambra. Así lo reconocieron sus propios contemporáneos. Como afirma García Gómez, desde un punto de vista estrictamente formal, “no cabe sino admirar su absoluta perfección gramatical”[3]. En efecto, Ibn Zamrak utiliza y despliega todos los recursos propios de la lengua árabe con la gracia y la desenvoltura de quien los conoce en profundidad.   
Suyos son los siguientes versos, un canto exaltado a la belleza de la Alhambra; versos que forman parte del epígrafe que decora la Sala de Dos Hermanas del palacio nazarí, la inscripción más larga y a decir de muchos, García Gómez entre ellos, la más hermosa de todos los textos poéticos de la Alhambra:
“Jardín yo soy que la belleza adorna (…).
Jamás vimos alcázar más excelso,
de contornos más claros y espaciosos.
Jamás vimos jardín más floreciente,
De cosecha más dulce y más aroma”[4].

Digamos, para acabar, que la poesía epigráfica de la Alhambra que acabamos de presentar en estas líneas no solamente desempeña una función ornamental, no es un mero alarde estético, como a veces se ha pensado y aún se piensa en algunos ámbitos. Como bien apunta el arabista granadino Emilio de Santiago[5], que ha dedicado buena parte de su vida al estudio del palacio nazarí, en los poemas de la Alhambra, en el rico simbolismo que presentan y en su maridaje con los distintos espacios arquitectónicos y sus juegos de luces y sombras, hay algo así como un intento desesperado por eternizar el poder de la palabra y su capacidad para mostrar la esencia secreta de las cosas. Al fin y al cabo, esa es la función primera y última de todo arte, revelar la naturaleza real de las cosas, no copiar su apariencia.

(Traducción al turco a cargo de Nesrin Karavar).
(Artículo publicado en turco en la revista turca de literatura Yedi Iklim, junio 2016).

                                                                                           
   


Notas:
[1] José Miguel Puerta Vílchez, Leer la Alhambra. Guía visual del monumento a través de sus inscripciones, Patronato de la Alhambra y el Generalife, Granada, 2011, p. 15.
[2] Emilio García Gómez, Ibn Zamrak, el poeta de la Alhambra, Granada, Patronato de la Alhambra y Generalife, 2006.
[3] Ibídem, p. 93-94.
[4] Emilio García Gómez, op. cit., pp. 144 y 147.
[5] Emilio de Santiago, La voz de la alhambra, Patronato de la Alhambra y Generalife, Granada, 2009, p. 27. 

lunes, 8 de febrero de 2016

Turcos en las letras latinoamericanas

Turcos en las letras latinoamericanas


Halil Bárcena




En 1994, el escritor brasileño Jorge Amado (1912-2001) publicó De cómo los turcos descubrieron América[1] , su última novela, un libro breve, no carente de un gran sentido del humor, en el que se narran las aventuras de dos hombres, Jamil Bichara y Raduan Murad, en el continente sudamericano, concretamente en Brasil. Pero, ¿qué clase de turcos son estos protagonistas del libro de Amado, descubridores de América? Bien, la verdad es que no se trata de turcos, sino de árabes del Levante mediterráneo. Escribe el autor brasileño a propósito de Jamil Bichara y Raduan Murad: “Traían papeles del Imperio Otomano, motivo por el cual hasta la actualidad son calificados de turcos, la buena nación turca, una de las muchas que amalgamadas compusieron la nación brasileña”[2].
Así pues, los turcos de Jorge Amado son, en realidad, árabes provenientes del Próximo Oriente, Siria y Líbano fundamentalmente. Y es que el calificativo turco se emplea en Latinoamérica para designar a los árabes que desde la mitad del siglo XIX se fueron asentando en los distintos países sudamericanos, huyendo de la situación lamentable que por entonces se vivía en el territorio sirio-libanés, a raíz, fundamentalmente, del conflicto entre drusos y maronitas. Uno de dichos inmigrantes, tal vez el más famoso, fue el libanés Halil Cibran (1883-1931), quien más tarde se convertiría en pintor y en uno de los escritores más importantes de las letras árabes contemporáneas, autor del célebre El Profeta (1923). La diferencia es que Halil Cibran se instaló en Estados Unidos con su familia, a diferencia de muchos de sus compatriotas que buscaron fortuna en América Latina, los turcos a los que aquí nos referimos.
Dicha inmigración árabe a Latinoamérica es a la que Jorge Amado se refiere cuando habla del descubrimiento de América por parte de los turcos. Afirma el escritor brasileño: “El descubrimiento de las Américas por los turcos, que no son turcos en absoluto, sino árabes de buena cepa, ocurrió con gran atraso en época relativamente reciente, en el siglo pasado, no antes”[3] .
Ya, anteriormente, en Gabriela, clavo y canela (1958), uno de sus libros más aclamados, había utilizado Jorge Amado la figura del turco en la persona de Nacib Saad, el protagonista de la novela, un árabe de nacimiento, sirio para ser más precisos, al que todos llaman turco, muy a su pesar. De hecho, el hombre se pasa toda la novela desmintiendo ser turco y afirmando su arabidad, aunque sin mucha suerte, pues el señor Saad es y será para sus vecinos el turco. Gabriela, clavo y canela fue llevada al cine, el año 1983, bajo la dirección de Bruno Barreto, siendo interpretado el personaje de Nacib Saad, magistralmente por cierto, por el actor italiano Marcello Mastroiani.       
Pero, el caso de Jorge Amado no es una excepción. La presencia del turco constituye una de las figuras más recurrentes de las letras latinoamericanas, tanto en español como en portugués. El historiador cubano Rigoberto Menéndez Paredes, director de la Casa Museo de los Árabes de La Habana (Cuba), ha analizado dicha presencia en su libro Árabes de cuentos y novelas: el inmigrante árabe en el imaginario narrativo latinoamericano[4]. Menéndez Paredes demuestra en su libro la enorme importancia que el turco posee en la mejor literatura de América Latina. Pero, veamos un par de ejemplos más, a parte del ya citado Jorge Amado, para no alargarnos en exceso.
Gabriel García Márquez (1927-2014), premio Nobel de Literatura, el año 1982, eligió al turco Santiago Naser, hijo de un inmigrante árabe llamado Ibrahim Naser, como protagonista de su novela Crónica de una muerte anunciada (1981). Los inmigrantes árabes, llamados turcos, también han estado presentes en la obra del escritor mexicano Carlos Fuentes (1928-2012). Así, en su obra La cabeza de la hidra (1978) hace mención Fuentes a la numerosa -y valiosa- presencia libanesa en la capital mexicana, subrayando sus enormes capacidades para el comercio. No en balde, los libaneses les deben mucho a sus antepasados fenicios, grandes comerciantes.
A mi juicio, la notable presencia árabe en las letras latinoamericanas, a través de la figura del turco, pone de manifiesta dos cosas. Primero, que si bien la inmigración árabe no fue cuantiosa sí fue muy significativa. Y segundo, que nuestros turcos no fueron ni ignorados ni tampoco marginados, antes bien al contrario, fueron objeto de estudio y de admiración, lo cual les permitió una fácil integración en las nuevas sociedades de acogida y sobresalir tanto en lo económico como también en la política, la literatura y las artes. El catalán Federico Mayor Zaragoza, quien fue director general de la UNESCO entre los años 1987 y 1999, afirmó en su día: “Las comunidades de origen árabe en América Latina constituyen un modelo de integración, junto con los demás componentes étnicos y culturales de la sociedad”. No hay duda que Europa tiene mucho que aprender del ejemplo latinoamericano a la hora de tratar a su inmigración árabe y musulmana.

(Artículo publicado originalmente en turco en la revista Yedi Iklim nº 310, enero 2016, pp. 84-85)




[1] Jorge Amado, De cómo los turcos descubrieron América, Alfaguara, Madrid, 1994.
[2] Ibídem, p. 30.
[3] Ibídem, p. 24.

[4] Rigoberto Menéndez Paredes, Árabes de cuentos y novelas: el inmigrante árabe en el imaginario narrativo latinoamericano, Huerga y Fierro, Madrid, 2011.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Cervantes en Istanbul

Cervantes y el almirante turco 

Kılıç Ali Paşa, una curiosa amistad

Halil Bárcena


Recientemente, se han encontrado en la iglesia de las Trinitarias de Madrid algunos fragmentos de huesos que muy probablemente pertenecerían al cuerpo de Miguel de Cervantes Saavadra (1547-1616), autor del célebre Don Quijote de La Mancha, cumbre de las letras españolas y uno de los grandes hitos de la literatura universal. Sin duda, dicho hallazgo ha avivado el interés por conocer mejor la azarosa vida de Cervantes, que aún hoy presenta muchos puntos oscuros.
Uno de los episodios menos conocidos, me temo que tanto en España como en Turquía, es la supuesta estancia de Cervantes en Istanbul y su particular relación con Kılıç Ali Paşa, fascinante hombre de mar que da nombre a una de las mezquitas más bellas construidas por el genio de la arquitectura otomana, Mimar Sinan (1490-1588), en el barrio istanbulí de Tophane, a orillas del Bósforo; mezquita vinculada, supuestamente, a Cervantes, como veremos más tarde. Pero, veamos los hechos paso a paso.   
Kılıç Ali Paşa (1519-1587) nació en la población de Le Castella, en la región italiana de Calabria, con el nombre de Giovanni Dionigi Galeni. Hijo del marinero Birno Galeni, fue hecho prisionero tras una incursión llevada a cabo por corsarios procedentes del Norte de África, muy frecuentes por aquel entonces, convirtiéndose al islam al poco tiempo y cambiando su nombre por el de Uluç Ali, primero, y Kılıç Ali, más tarde. Llegó a ser un marino de éxito, al servicio siempre del poder otomano.
Conquistó el actual Túnez, fue beylerbey, esto es, gobernador de Argel y el sultán Kanunî Süleyman le nombró gran almirante. Como tal, participó en la batalla naval de Lepanto, İnebahtı en turco, que tuvo lugar el 7 de octubre de 1571, entre la armada del Imperio otomano y una coalición católica en la que participaron coaligados el reino de España, las repúblicas de Génova y Venecia y los Estados Pontificios. Kılıç Ali comandó el ala izquierda de la flota otomana, la única que regresó intacta a Constantinopla. Ese mismo año de la derrota otomana, el sultán Selim II, hijo de Kanunî Süleyman, le nombró Kaptan Paşa, es decir, comandante en jefe de la marina imperial otomana.
En dicha batalla participó Miguel de Cervantes, que resultó herido y perdió la movilidad de su mano izquierda, lo que le valió el sobrenombre de “manco de Lepanto”.  Kılıç Ali conoció personalmente al escritor español en su presidio argelino, y se hicieron, dicen, grandes amigos, hasta el punto de que Cervantes narró las peripecias de la vida del marino osmanlí en su célebre Don Quijote de La Mancha. En efecto, el personaje llamado Uchalí, que aparece en el capítulo 39 de la primera parte del libro, de claros rasgos autobiográficos, no es otro que nuestro Kılıç Ali, a quien el escritor español describe en el libro como un hombre “atrevido y venturoso corsario”[1].
Una vez retirado en Constantinopla, más tarde Istanbul, Kılıç Ali Paşa encargó al célebre arquitecto Mimar Sinan la construcción de la mezquita que lleva su nombre,  Kılıç Ali Paşa Camii en turco, a la que hacíamos referencia al inicio de este texto. Pues bien, según las averiguaciones llevadas a cabo por investigadores turcos en los archivos de dicha mezquita, entre la lista de los trabajadores que, entre los 1578 y 1580, participaron en la construcción del templo religioso y el hamam o baño turco aledaño, figura un tal Cervantes, que, quién sabe, muy bien podría tratarse del autor del Quijote, lo que vendría a confirmar la curiosa amistad que unió a ambos personajes.  

 [Artículo publicado originalmente en turco en la revista turca de literatura Yedi Iklim nº 307, octubre 2015].


[1] Miguel de Cervantes, Don Quijote de La Mancha, Real Academia Española, Madrid, 2015, p.  402. Edición y notas de Francisco Rico. 

jueves, 10 de septiembre de 2015

Borges, estudiante de árabe

Borges y la lengua árabe

Halil Bárcena



Casi treinta años después de su muerte, la obra del escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), probablemente la figura más importante de las letras hispanoamericanas, continua siendo un referente ineludible para las nuevas generaciones de escritores y lectores en lengua española, y un autor de alcance universal. Y es que lejos de empequeñecerse, la figura del maestro Borges se agiganta con el paso del tiempo, algo ciertamente milagroso si tenemos en cuenta el carácter erudito y metafísico, alusivo e irónico de su estilo literario único, en el que mezcla a la perfección ficción y autobiografía. Pocos autores contemporáneos han merecido tantos elogios y tan superlativos como Borges, a quien, sin embargo, le negaron el premio Nobel, una injusticia literaria difícil de comprender. Más que un escritor sin más, Borges es toda una literatura. El también escritor argentino Alberto Manguel afirma que existe la literatura antes de Borges y la literatura después de Borges.
En la biografía de Borges no encontramos sucesos espectaculares, nada extraordinario, como no fuese todo lo que llegó a leer. Borges, para quien la intimidad era sagrada, hablaba poco de sí mismo y cuando lo hacía era para decir que más que vivir lo que él había hecho es leer. En efecto, uno tiene la impresión que el escritor argentino lo había leído todo. Entre sus lecturas preferidas se hallan algunos clásicos de la literatura popular islámica, como los cuentos de Las mil y una noches, libro por el que sentía verdadera pasión. Igualmente, se interesó Borges por la rica tradición literaria del sufismo islámico, cuya influencia en su obra ha sido estudiada por la profesora portorriqueña Luce López-Baralt. El interés de Borges por el sufismo se despertó  muy temprano. Sus biógrafos cuentan que ya de joven pronunció algunas conferencias acerca del sufismo en su Buenos Aires natal.   
Pero, la atracción de Borges por la tradición islámica fue más allá de la mera afición por la lectura. Tal como reveló su viuda, María Kodama, hace unos años, en un homenaje celebrado en la Casa de las Américas de Madrid, Borges, cuyo amor por el saber no tenía límites, se dedicó en cuerpo y alma al estudio de la lengua árabe durante los últimos meses de su vida pasados en la ciudad suiza de Ginebra, lejos de su patria argentina. Al parecer, su profesor de árabe era un egipcio de Alejandría que, previamente al encuentro con su inesperado alumno, había leído toda la obra de Borges traducida al árabe. “Aquel profesor”, confesó María Kodama en el homenaje al que hacíamos alusión, “le dedicó horas bellísimas en los últimos días de Borges, dibujando en su mano las preciosas letras del alfabeto árabe”. Téngase en cuenta la ceguera que padecía el escritor argentino. Lo que más le fascinaba a Borges de la lengua árabe es la riqueza polisémica de las raíces gramaticales árabes, cuyas combinaciones trilíteras permiten una gran variedad de sentidos y significados. En resumen, Borges, el maestro Jorge Luis Borges, dejó este mundo entonando la misma lengua que hablaba el profeta Muhámmad, el árabe en el que fue recogida la palabra coránica. 

(Artículo publicado originalmente en turco, en la revista turca de literatura Yedi Iklim, nº 306, septiembre, 2015, p. 48 / http://yediiklimdergisi.com/yedi-iklim-eylul-2015.html).

viernes, 18 de octubre de 2013

Mishima, músculos y acero

Músculos y acero

Yukio Mishima


Los músculos que se han vuelto virtualmente superfluos en la vida moderna, aunque sigan siendo vitales para el cuerpo humano, son obviamente inútiles desde el punto de vista práctico, y una musculatura conspicua es tan innecesaria como lo es una educación clásica para la mayoría de los hombres prácticos. Los músculos se han ido convirtiendo en algo similar al griego clásico. Para resucitar un idioma muerto se requería la disciplina del acero; para transformar el silencio de la muerte en la elocuencia de la vida, la ayuda del acero era esencial.

El acero me enseñó con exactitud la correspondencia entre el espíritu y el cuerpo: así, las emociones endebles se me antojaban músculos fláccidos, el sentimentalismo, un estómago fofo, y la impresionabilidad excesiva, una piel blanca y en exceso sensible. Unos músculos fuertes, un vientre plano y una piel dura, razonaba yo, correspondían respectivamente a un intrépido espíritu de lucha, una disposición intelectual desapasionada y un temperamento robusto (...). El acero me enseñó muchas cosas diferentes. Me dio un tipo de conocimiento absolutamente nuevo, un conocimiento que ni los libros ni la experiencia mundana pueden impartir. Descubrí que los músculos eran fuerza además de forma, y que cada sistema de músculos era sutilmente responsable de la dirección en que esa fuerza se ejercía, casi como si fueran rayos de luz que tomaran una apariencia de carne.

Nada podría haber armonizado mejor con la definición de obra de arte que yo acariciaba desde hacía tiempo que este concepto de la forma envolviendo a la fuerza, sumado a la idea de que una obra debía ser orgánica e irradiar luz en todas direcciones. Los músculos que yo creé así eran a la vez mera existencia y obra de arte (...).

[Yukio Mishima, El sol y el acero, Alianza Editorial, Madrid, 2010, pp. 33-34]. 

lunes, 13 de junio de 2011

Borges, 25 años después


Borges y el árabe



Halil Bárcena






Borges, Jorge Luis Borges, uno de los más grandes escritores de las letras hispánicas, murió un 14 de junio de hace 25 años, a los 86 años de edad. Era, en expresión de Ricardo Piglia, un hombre muy latinoamericano y a la vez muy poco latinoamericano. A algunos, muchos, la lectura de sus libros nos abrió a un nuevo mundo, un mundo desconocido en la literatura (y por qué no, también en la vida). Hay escritores que escriben libros (porque hay otros que se la pasan en tertulias radiofónicas opinando de memeces, en los bares o tras una pancarta con cara de indignados), y algunos incluso son buenos, pero lo que hizo Borges es construir por sí solo toda una literatura. Es lo que Alberto Manguel denomina 'AdB' y 'DdB'. Y es que, en efecto, existe la 'Literatura Antes de Borges' y la 'Literatura Después de Borges'. Y haber construido toda una literatura él solo es lo que le convierte en un escritor rabiosamente poliédrico y tan adictivo. Y es que quien caiga atrapado entre sus páginas no será capaz de quitarse jamás. Borges es (como Van Morrison en la música popular) para siempre; y lo demás son cuentos. Aunque para cuentos los borgeanos, construidos a base de retazos de ficción y de realidad. Borges fue un escritor total: poeta, cuentista, ensayista. Algunos le achacaron y le achacan no haberse atrevido con la novela, un género para él menor. Y es que lo sublime está contenido en lo poco y en lo breve. El escritor catalán Josep Pla decía que uno no debiera de fiarse jamás de nadie que pasados los 4o años leyera novelas. Borges leyó toda su vida, incluso novelas (las de R. L. Stevenson, sin ir más lejos, por quien profesaba adoración) y también, cuentan, la Enciclopedia Británica, además de pe a pa, que ya es haber leído. Sea como fuere, tal vez una de las mayores contribuciones de Borges al género humano haya sido, justamente, no haber escrito ninguna novela, y así hacer buenas las palabras de Pla, porque no hay libro alguno de Borges que, una vez llegados a los cuarenta años, deba ser rechazado. Todo en él vale.





Ser un autor tan poliédrico, lo hemos dicho ya, permite una aproximación múltiple a su obra. Borges puede ser abordado desde la astrología, por ejemplo, o también desde las matemáticas o desde la semiótica incluso. También hay quien ha hecho un abordaje desde la mística sufí al autor de Historia universal de la infamia, como es el caso de la profesora portorriqueña Luce López-Baralt. Y es que lo sufí, lo islámico en general, incluyendo lo árabe y lo persa, fascinó desde muy pronto al genio argentino. Lo que no sabíamos, sin embargo, es que Jorge Luis Borges fue un tardío (e inesperado) estudiante de árabe. ¡Qué increíble, Borges estudiando árabe en el umbral de la muerte! Y es que si algo tienen los genios es que se ocupan siempre de cosas realmente relevantes, por eso a él jamás le interesó la revolución cubana, en la que algunos vieron un sueño y hoy sabemos que no fue sino una pesadilla que todavía dura, por obra y gracia del 'Coma-Andante Castro'. María Kodama, su viuda, ha revelado recientemente la pasión de Borges por el árabe, quien pasó estudiándolo los últimos días de su vida en Ginebra, donde fue a morir, prueba de su voraz e insaciable apetito intelectual. "Él quería que continuáramos nuestros estudios del japonés", cuenta Kodama, "pero no encontré ningún profesor a domicilio. Buscando al japonés vi un anuncio de un egipcio de Alejandría que enseñaba árabe. A Borges le animó la idea. Le llamé sin más, sin reparar en que eran las once de la noche, que en Suiza es como las cuatro de la madrugada en el resto del mundo, y le di todo tipo de explicaciones porque no podía tener un 'no' por respuesta. Yo estaba desesperada. Le cité el fin de semana en el hotel. Cuando le abrí la puerta y vio a Borges se puso a llorar. '¿Pero por qué no me lo dijo?', me preguntó entre sollozos.'He leído toda la obra de Borges en árabe'. Yo no le dije nada porque quería que fuera el destino el que decidiera, no quería decirle que las clases eran para Borges, prefería que pensara que que yo era solo una señora loca. Aquel profesor le dedicó horas bellísimas en los últimos días de Borges,dibujando en su mano las preciosas letras del alfabeto árabe. Bebíamos té, hablábamos. Lo pasamos divino" (El País, 11 de junio de 2011, p. 42). O sea que el maestro Borges empleó sus últimos esfuerzos en aprender una lengua, el árabe, que los musulmanes tienen por sagrada, dado que en ella se le reveló al hombre el mensaje divino del Corán, allá por el siglo VII. ¡Qué bello final! En El libro de arena escribe el maestro: "Sé la Verdad pero no puedo razonar la Verdad. El inapreciable don de comunicarla no me ha sido otorgado". Imagínense por un momento que Borges emprendió el estudio del árabe a ver si en una lengua 'divina' le era más fácil decir esa Verdad con mayúsculas que le fue revelada. En alguien como él todo podría ser posible.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Khalil Jubran, home



Khalil Jubran, home



Halil Bárcena




Pintor de reminiscències blakeanes, filòsof un xic místic, periodista (en el sentit més noble del mot), retratista (Jung i Tagore posarenm per a ell, però també va treure's de la màniga, una màniga molt ampla, tot sigui dit, un retrat de Muhàmmad, profet de l'islam, i un altre del seu gendre i cosí, 'Alí), el libanès Khalil (la lletra àrab "kh" sona com una "j" castellana) Jubran (o Gibran o Jabran, que també així s'ha transcrit el seu nom) és, a més a més, l'escriptor àrab contemporani més conegut arreu del món, gràcies sobre tot a una obra, El profeta, publicada per primera vegada ara fa setanta-cinc anys i traduïda gairebé a totes les llengues del món.


Nascut l'any 1883 al llogarret de Bixarri, al cor mateix de la muntanya libanesa, no molt lluny d'on creixen els llegendaris cedres sagrats, jubran, però, va viure la major part de la seva vida als Estats Units, concretament entre Boston i Nova York, ciutat en que morí a l'edat de quaranta-vuit anys, víctima d'una greu malaltia provocada per l'alcohol.


Juntament amb els també libanesos Mikhail Nu'aima (el seu millor amic), Amin al-Rihani o Ilya Abú Madi, entre d'altres, Jubran pertany al prolífic grup literari de l'anomenat mahyar, és a dir, de l'emigració. Aplegats a l'entorn d'Ar-Râbita al-Qalamiyya (La Lliga Literària), aquest grapat d'escriptors que visqué lluny del seu país d'origen constituí, no obstant això, un veritable viver d'idees on creixeren alguns dels corrents més reeixits de renovació -i no tan sols literària, sinó també cultural i política- del món àrab contemporani.


Jubran, home d'extraordinària i complexa personalitat, va viure molt en poc temps; en part degut al fet que la seva fou una època de profunds canvis i turbulències polítiques al Pròxim Orient. Home de tendències espiritualistes, poc és, tanmateix, el que s'ha dit del seu compromís polític, malgrat el lloc cabdal que ocupà a la seva vida i també a la seva obra. Efectivament, Jubran esmerçà no pocs afanys en favor de la independència dels països àrabs, llavors sota el jou, primer, turc otomà i, més tard, europeu. En aquest context de lluita, precisament, és on s'ha de situar i entendre el seu cèlebre article "El vostre Líban i el meu" (que en breu apareixerà en aquest blog, traduït directament de l'àrab).



Publicat el 8 de novembre de l'any 1920, al setmanari en llengua àrab As-Sa'ih, òrgan de la Lliga Literària, fundat i dirigit per 'Abd al-Massih Haddad a Nova York, l'article, que fou reproduït de seguit pels principals diaris de Beirut i El Caire, malgrat la forat censura de les autoritats francolibaneses, aparegué poc més de dos mesos després que el general Gouraud proclamés l'Estat del Gran Líban sota mandat francès, consumant d'aquesta manera la partició arbitrària del Pròxim Orient.


L'article representà un fort cop de puny a la taula per part de l'autor, partidari com era de la unitat àrab. Hi ha qui ha suggerit que el ritme hipnòtic del text podria haver estat inspirat en una coneguda fòrmula lingüística emprada a la sura 109 de l'Alcorà, un dels llibres més volguts i llegits per Jubran, encara que havia nascut al si d'una molt humil família cristiana maronita.


Decebut amb el curs dels esdeveniments, després de la publicació d'aquest article, que podria ser considerat el seu testament polític, Jubran, escriptor bilingüe en àrab i anglès, abandona tota activitat política per consagrar-se en cos i ànima a la seva obra pictòrica i lietrària. Aleshores, El profeta, el seu gran llegat literari, encara s'havia d'escriure.


(Publicat en català en la revista El Pou de Lletres nº 10, estiu, 1998, p. 48)


martes, 15 de marzo de 2011

Jalil Gibrán, el poeta/profeta


Jalil Gibrán,


el poeta/profeta de Líbano


Halil Bárcena




Romántico, místico, amante de los espacios naturales, de la música y del dibujo, el poeta libanés Jalil (se ha transcrito a veces Khalil e incluso Kahlil) Gibrán ha sido una de las personalidades más sugestivas y universales de la literatura árabe contemporánea. Sus poemas, relatos y pinturas desafiaron las normas establecidas de la pacata cultura libanesa de su época. Su obra también supuso un revulsivo para los intelectuales, tanto cristianos como musulmanes, que compartieron con él la aventura renovadora que experimentó el mundo árabe durante el primer tercio del siglo pasado.

La actitud vital de Jalil Gibrán (1883-1931) ha inspirado a generaciones enteras de lectores, que lo vieron como algo más que un escritor, como una suerte de profeta contemporáneo del amor al hombre y a la naturaleza. El escultor francés August Rodin dijo de él que era el "William Blake del siglo XX". También el pensador indio Jiddu Krishnamurti se contaba entre su asmiradores, mientras muchso escritores y poetas quedaron subyugados por su escritura diamantina: Gabriela Mistral, Eugeni D'Ors, José Juan Tablada.



En su extraordinaria y compleja personalidad resuenan los ecos inmarchitables de su oriente, desde el cristianismo maronita al sufismo, pero también de autores occidentales (Blake, Whitman, Nietzsche...) que llenaron sus madrugadas lectoras. Algunos lo han acusado de romántico trasnochado, blandengue y hasta "cursi", pero bien leído, Jalil Gibrán proporciona un verdadero goce, la voz de la conciencia que el hombre no siempre sabe escuchar.

Jalil Gibrán nació en el seno de una familia humilde de confesión cristiana maronita, en el pueblo de Bicharri, en el corazón de las montañas de Líbano, no muy lejos de donde crecían los cedros sagrados que dieron fama al país. Durante 1895 la familia de Gibrán, con la excepción del padre, emigró. Su hermanastro Butrus, sus hermanas Sultana y Mariana, su madre y el propio Gibrán se instalaron en los alrededores del barrio chino de Boston (Estados Unidos). Al cabo del segundo año de estudios, Gibrán ya leía y escribía inglés sin ninguna dificultad. A los catorce años tuvo su primera relación amorosa, con una mujer once años mayor. Se cree que este fue el motivo -y no el deseo de que estudiara en profundidad la lengua materna- que indujo a su madre a enviarlo de regreso a Líbano.

Los profesores de Gibrán en Líbano se sorprendieron por su ansia de conocimiento. La música y la pintura lo cautivaban sobremanera; la escritura, también. Hasta 1902, permanecería en su Líbano natal, donde se había iniciado ya en el arte del retrato, habiendo comenzado también a pergeñar las primeras notas en árabe de la que más tarde sería su obra maestra, An-nabí, El profeta. En enero de dicho año, regresará a Boston. El 1908 fue un año fatídico para Gibrán: en marzo muere su hermanastro Butrus y tres meses más tarde, su madre. Tantas fatalidades lo unieron aún más a su hermana Mariana.


Una vez en Estados Unidos, Gibrán empezó a dedicarse en cuerpo y alma a la creación artística. Pintaba día y noche, y comenzó a publicar sus primeros artículos periodísticos en el diario en lengua árabe "Al-Muhâyir" (El Inmigrante), por dólares cada uno. Simultáneamente exponía sus lienzos. Durante esa época conoció a Mary Haskell, amiga, quizás amante, y más tarde, protectora y consejera del joven artista. En 1905, apareció en Nueva York su primer trabajo literario, La Música, una recopilación de sus colaboraciones periodísticas. Se trata de un librito de pocas páginas, en el que Gibrán evoca los efectos benefactores de la música sobre el espíritu humano. Dos años más tarde publicó Ninfas del valle y en 1908, Espíritus rebeldes. El tono extremista de esta última obra le granjeó la reprobación pública de los sectores más conservadores del cristianismo libanés y de la intelectualidad árabe, pero en modo alguno la excomunión del clero maronita, como erróneamente se ha exagerado.



Cautivado por su halo de ciudad del arte, Gibrán viajó a París durante 1910. Allí se dedicó a la lectura apasionada de Nietzsche. Sin embargo, el provecho artístico que extrajo de su estancia parisina fue más bien escaso, con la excepción de su amistad con el escultor Rodin.

Un año más tarde regresó a Boston, aunque con la firme idea de trasladarse lo antes posible a Nueva York, donde colaboró activamente en los círculos políticos sirio-libaneses que se oponían a la administración turca y la penetración de las potencias europeas. Expuso en repetidas ocasiones y publicó, entre otros libros, Alas rotas (1912), Lágrimas y sonrisas (1914) y Las procesiones (1919). Colaboró asimismo en la prensa árabe con asiduidad. Para entonces, Jalil Gibrán ya se había ganado el afecto de sus compatriotas. Durante esa época inició una apasionada relación sentimental, únicamente a través de carta, con Mayy Zyada, reputada escritora, sin duda la más célebre que ha dado Líbano.

En 1923, apareció El profeta en inglés, y la crítica estadounidense se deshizo en elogios. Gibrán inició así un fructífero periodo de escritura en su lengua de adopción: publicó Arena y espuma (1926), Jesús, el hijo del hombre (1928) y Dioses de la tierra (1931). Encumbrado en el éxito, se convirtió en el corazón de la Liga Literaria (Ar-Râbita al-Qalamiyya), formada por un grupo de prestigiosos escritores árabes emigrados. Al mismo tiempo, impulsó diversas publicaciones literarias en lengua árabe.



Los últimos años de su vida se los pasó añorando el regreso definitivo a su país natal, a su Lubnân al-hanîn, ese "Líbano de la nostalgia" que tanto les gusta evocar a los libaneses que residen fuera del país. Pero el destino le volvió la espalda: el 10 de abril de 1933 murió en Nueva York. Meses más tarde sus cenizas fueron trasladadas a Líbano y depositadas en el convento de Mar Sarquís, hoy convertido en Mueso Jalil Gibrán, cerca de donde nació.


(Publicado en la revista Integral nº 196, abril 1996, pp. 64-65)


Clikad aquí para oír a la célebre cantante libanesa Fayruz interpretando un poema de Jalil Gibrán, "Atinî an-nay" (Tráeme el ney), contenido en su libro Las procesiones. El poema gira en torno a la figura simbólica del ney, la flauta sufí de caña:

Y aquí la cantante Shakira, colombiana de padre libanés, cantando la misma canción, con imágenes de la gran diva Fayruz al fondo:

miércoles, 2 de marzo de 2011

El Caire de Naguib Mahfuz


El Caire de Naguib Mahfuz



Halil Bárcena






[A los héroes anónimos de la Plaza de Tahrîr,
que obraron el milagro de que, el 2011,
la primavera comenzase en febrero]


Per escriure bé, afirma l'egipci Naguib Mahfuz, cal que l'escriptor romangui lligat emocionalment a un lloc específic o a uns esdeveniments concrets. A l'home de lletres, afegeix el premi Nobel de literatura 1988, li cal una font d'inspiració precisa que nodreixi i fecundi el seu treball literari. El Caire, l'encisadora i un xic caòtica capital egípcia, veritable cor del món àrab, segons el dir de l'escriptor i periodista també egipci Gamal al-Ghitany, ha estat -encara ho és- la llavor fertilitzant del món creatiu de Naguib Mahfuz, el més rodó novel·lista àrab modern.


La major part de l'obra mahfuziana transcorre al mirífic dèdal d'atzucacs i carrerons dels vells barris cairotes, especialment a al-Gamaliyya, damunt les ruïnes de dos palaus fatimides, on l'escriptor nasqué un onze de desembre de 1911 i on passà la seva trejectòria literària. Aquest espai urbà bigarrat i proteic, escenari, entre d'altres textos, de la Trilogia cairota (1956-1957), l'opus magnum de Mahfuz, ha esdevingut, en veritat un dels personatges principals de les seves novel·les i contes durant més de mig segle.


Tanmateix, la mirada de Naguib Mahfuz envers El Caire ha experimentat una notable mutació al llarg de la seva trajectòria literària. Tot coincidint amb moments d'inflexió estilística en què l'escriptor assaja nous procediments narratius, com ara el trencament amb el relat lineal o la incorporació de punts de vista heterogenis, naguib Mahfuz ens ofereix una vila un xic diferent a cada moment. Dues són, al meu parer, les perspectives literàries utilitzades per Naguib Mahfuz a l'hora d'atansar-se a la seva ciutat. En primer lloc, una perspectiva de tall realista, apreciable en obres com ara Khan al-Khalili (1945), El carreró dels miracles (1947) o l'esmentada Trilogia cairota, una llarga novel·la riu amb més de 300.000 mots, en què l'autor examina la vida egípcia compresa entre les dues grans guerres mundials, a través del relat de l'evolució de la família Abd el-Gawwad.




L'escriptor basteix en aquest vast corpus realista una descripció acurada i precisa d'una realitat específica, la dels barris del vell El Caire. A partir dels materials procedents, bé del fèrtil arxiu de la seva memòria, bé del no menys feraç record col·lectiu, l'escriptor convertit en un veritable radiògraf social, reconstrueix, amb una subtil penetració i minúcia dignes del millor entomòleg, la contradictòria vida quotidiana dels vells indrets cairotes habitats per les classes mitja i baixa. En definitiva, aquest conjunt de novel·les ens procura tal arsenal d'informació inequívoca sobre la topografia cairota que, al capdavall, poden ésser considerades, sense cap mena de recança, veritables guies d'un temps d'una ciutat.


La segona perspectiva literària, present a les novel·les Fills del nostre barri (1959), censurada durant dècades, i Històries del nostre barri (1975), així com a un bon grapat dels seus relats breus, posseeix un caire molt més simbòlic. En aquest cas, el carreró, que mai no canvia de faiçó, constitueix un espai recreat en què somni i realitat s'hi barregen i confonen en un univers poètic, creul i a la vegada tendre, no llunyà al descrit per Galdós, com molt bé ha assenyalat Juan Goytisolo.


Dervixos i prostitues, pocasoltes, bocamolls i captaires, visionaris i guillats, personatges tots ells un xic excessius, pul·lulen amunt i avall per un mateix àmbit urbà: un carreró d'un barri popular cairota, on no falten mai les botigues, els basars, la kuttab o escola alcorànica, el passatge subterrani, el hammam o bany turc, l'inquietant monestir sufí, el cementeri i el cafè, lloc aquest de trobada i memòria.


Naguib Mahfuz, el novel·lista total, segons la feliç expressió de l'arabista Pedro Martínez Montávez, se'ns revela com un narrador prodigiós, dotat d'una vigorosa mestria expositiva i d'una gran capacitat per a l'anàlisi i la il·luminació de la realitat. Tant les seves narracions breus com les grans epopeies sobre els barris antics d'El Caire posseeixen quelcom de la màgia miraculosa continguda a la narrativa popular àrab. Així, d'un vell barri cairota, Mahfuz n'erigeix tot un univers ple d'encís i simbolisme; d'una mera anècdota, n'elabora una llegenda de ressò portentós; una vulgar batalla de carrer desencadena un enfrontament de dimensions gairebé tel·lúriques.



Els carerons simbòlics de Naguib Mahfuz ens mostren una visió dstil·lada del món no exempta d'un fi humor sorneguer. En un marc físic que respecta al màxim la topologia urbana d'un El Caire de vegades decrèpit i tronat, confrontat al progrès i la modernitat, Mahfuz emplaça els seus personatges, tots ells egipcis, un éssers la vida dels quals és una amalgama de fatalisme i atzar. Com la resta d'àrabs del segle XX, també els habitants del país del Nil descrits per Mahfuz s'interroguen al voltant de la seva identitat. Es fan l'única i obsessiva qüestió que, com apunta el pensador marroquí Abdallah Larui, es vénen plantejant els àrabs des dels començaments del segle XX ençà: qui és l'altre i qui som nosaltres.

Gràcies al seu talent literari, que li permet de fer sensible la presència del temps i l'espai i caracteritzar magistralment els seus personatges, Naguib Mahfuz aconsegueix convertir en una mena de cruïlla de la condició humana allò que, a un primer cop d'ull, no semblaria sinó una escena limitada i àdhuc costumista. Però lluny del pintoresquisme buit i retòric usat pels escriptors orientalistes, El Caire de Naguib Mahfuz constitueix un fresc viu i contradictori on es confronten i debaten, de vegades violentament, els grans principis universals de compassió, justícia i amor.

(Publicado en lengua catalana en la revista El Pou de Lletres nº 7, otoño 1997, pp. 22-23 )

martes, 16 de noviembre de 2010

Amar en árabe


Amar en árabe




Halil Bárcena








Si existe una cultura en la que el amor se haya manifestado de un modo más superlativo en el decurso del tiempo, esa es, sin duda alguna, la árabe, más allá de que nuestra mirada hacia ella se vea hoy enturbiada por ciertos fenómenos políticos, de otro lado, poco saludables. Como apunta, no sin admiración y un pelín de orgullo, el pintor, cineasta y narrador tunecio Nacer Khemir, sesenta (¡60!) son las palabras que la exuberante lengua árabe posee para nombrar eso que llamamos amor. Cuarenta de ellas, aproximadamente, expresan los diferentes matices que el sentimiento amoroso abarca. El resto describe sus consecuencias, no siempre favorables.

Poco sorprende, así pues, que un imaginario amoroso de tal calibre, la expresión escrita en torno al amor haya sido en el caso de las letras árabes tan profusa y dispar. Qué duda cabe que la permisividad coránica respecto de la sexualidad -no olvidemos que en el islam la belleza es un atributo divino y la sexualidad una suerte de acto de fe- ha contribuido sobremanera, digo, a fraguar una fecunda erótica árabe que, a ojos puritanos, no obstante, pudiera rayar en lo libertino. En un hadîz, Muhammad, el profeta del islam, sostiene que los tres máximos placeres que al·lâh le concedió fueron la oración, los perfumes y la mujer.

Lo cierto es que el corpus literario árabe incluye casi todo en cuestión amatoria. En él podemos hallar, por ejemplo, la más encendida apología del amor casto, como es el caso de la llamada poesía 'udhrí de Bagdad que tanto influyó en la escuela literaria de los jóvenes estetas de la Córdoba califal, especialmente en Ibn Hazm, autor de El collar de la paloma. Pero, al lado, de estos héroes de un idealismo refinado y neoplatizante que eran capaces de morir de amor, dos siglos antes encontramos la carnalidad más explícita y sin afeites del poeta de origen persa, aunque de expresión árabe, Abû Nuwâs, muerto hacia el año 815. Ejemplo paradigmático del bon vivant de la época abbasí, Abû Nuwàs supo elevar su pasión pore el alcohol y lo obsceno a la máxima categoría literaria.





En esta misma línea de procacidad amorosa, aunque sin haber logrado el primor retórico del persa Nuwâs, Las mil y una noches no le van a la zaga. Las páginas de tan monumental obra están entreveradas de pasajes que recrrean relaciones, por supuesto, heterosexuales, pero también homosexuales, incluida su vertiente lesbiana, e incluso aquellas que rozan el más puro bestialismo.

Más cercano al idealismo amoroso de la poesía 'udhrí, topamos con la literatura sufí de corte místico de los siglos XII y XIII, fundamentalmente, encarnada en el cairota Ibn al-Fârid o el andalusí Ibn 'Arabí, autor éste último del Tratado del amor, expresión máxima del sentimiento amoroso plasmada en la literatura. En el seno del islam, el sufismo constituye una verdadera escuela de amor. En ella, sin embargo, el deseo amoroso que se profesa va dirigido a la divinidad. Lo realmente turbador, con todo, es que ciertas imágenes poéticas cultivadas por los vates sufíes -la alabanza del vino, sin ir más lejos- les emparejen, aunque desde perspectivas diferentes, con la poesía mundana.

Culminan nuestra somera inmersión amorosa en las letras árabes los tratados erotológicos o libros del bian amar, entre los cuales cabe mencionar El jardín perfumado del supuestamente tunecino Nefzawi, quien lo habría escrito a principios del siglo XV. En él se da, al igual que en la restante literatura erótica oriental, lo que la profesora puertorriqueña Luce López-Baralt ha denominado con sumo acierto una "coextensividad de lo sexual y lo sagrado".


En las páginas de Nefzawi, el placer derivado del encuentro sexual es concebido como un anticipo del Paraíso y de la contemplación cara a cara de la divinidad. Otro tratadista de la erotología no menos audaz que Nefzawi, esta vez un anónimo morisco español expulsado a Túnez allá por el 1609, equipara el coito en su obra... ¡a la plegaria! Lo dicho, en pocas lenguas se ha pronunciado la palabra amor de forma tan sublime y superlativa como en la árabe.


(Publicado en la revista Palimpsestos nº 11, primavera 1997, pp. 9-10)

Lecturas recomendadas

  • Abbas Kiarostami, Compañero del viento (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2006).
  • Khalili, Una asamblea de polillas (Mandala, 2012).
  • Masood Khalili, Los susurros de la guerra (Alianza, 2016).
  • Shams de Tabriz, La quête du Joyau. Paroles inouïes de Shams, maître de Jalâl al-din Rûmi. Trad. Charles-Henry de Fouchécour (CERF, 2017).
  • Tom Cheetham, El mundo como icono. Henry Corbin ya la función angélica de los seres, (Atalanta, 2018).

¡Ah... min al-'Eshq!

"A nosotros que, sin copa ni vino,
estamos contentos.
A nosotros que, despreciados o alabados,
estamos contentos.
A nosotros nos preguntan: “¿En qué acabaréis?”.
A nosotros que, sin acabar en nada,
estamos contentos"

Mawlānā Ŷalāl al-Dīn Rūmī

¡... del movimiento a la quietud!

... de la palabra al silencio !!!

"Queda mucho por decir,
pero será Él quien te lo diga
para que lo entiendas, no yo"

Mawlânâ Yalâl al-Dîn Rûmî (m. 1273)