Halil Bárcena, "Perlas sufíes. Saber y sabor de Mawlânâ Rûmî" (Herder, 2015).

«Es verdad que jamás un amante busca a su amado sin haber sido buscado antes por éste» (Mawlânâ Rûmî, Maznawî III, 4393. Traducción: Halil Bárcena).

¡... Eyval·lah ...!

AVISO PARA NAVEGANTES

Amigas y amigos, salâms:

Bienvenidos al blog del "Institut d'Estudis Sufís" de Barcelona (Catalunya - España), un centro catalán e independiente, dedicado al estudio de la obra del sabio sufí Mawlânâ Rûmî (1207-1273) y el cultivo del sufismo mevleví por él inspirado, en nuestro ámbito cultural.

Aquí hallarán información puntual acerca de las actividades públicas (¡... las privadas son privadas!) que periódicamente realiza nuestro instituto. Dichas actividades públicas están abiertas a todo el mundo, ya que nadie ha encendido una luz para ocultarla bajo la cama, pero se reserva siempre el derecho de admisión, porque las perlas no están hechas para los cerdos.

Así mismo, hallarán en el blog diferentes textos y propuestas relacionados con el islam, el sufismo y la sabiduría tradicional. Es importante saber que nuestra propuesta sufí está enraizada en la sabiduría coránica y la
sunna muhammadiana, porque el sufismo es el corazón del islam, pero el islam es el corazón del sufismo.

El blog está pensado como una herramienta de trabajo para todos aquéllos que tienen un sincero interés por Mawlânâ Rûmî, en particular, y la senda del sufismo islámico, en general. Por ello, sus contenidos se renuevan puntualmente. Si se suscriben al blog podrán recibir información puntual sobre todas las novedades que se produzcan.

Para cualquier tipo de consulta o información, no duden en ponerse en contacto con nosotros, a través de nuestra dirección de correo electrónico: sufismo786@yahoo.es

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Halil Bárcena

Director de l'IES

Yâ man Hû...!

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lunes, 9 de diciembre de 2024

Evrād-i Mawlānā, las recitaciones diarias de los derviches mawlawīes.

Evrād-i Mawlānā

Las recitaciones diarias de los derviches mawlawīes


Halil Bárcena



Se conocen con el término árabe awrād (أوراد) -plural de wird (ورد)- las distintas invocaciones supererogatorias que se realizan, normalmente, durante la noche o antes de la salida del sol, tras el fağr, la primera oración del día. En los awrād se recogen distintos fragmentos significativos del texto coránico, así como Al-Asmā' al-Ḥusnà (الأسماء الحسنى), esto es, los 99 Más Bellos Nombres de Allāh (s.w.t.), ciertos du'ā's (دعاء) o súplicas utilizadas por el profeta Muḥammad (s.a.s.), y algunas fórmulas sacrales.
En el ámbito del taṣawwuf o sufismo islámico, cada ṭarīqa o fraternidad posee su propio Awrād. Es el caso del Awrād Mawlawī de los herederos de Mawlānā Rūmī (q.a.s.), alquimista del corazón y maestro de derviches, que se lee diariamente de madrugada, tras la oración del fağr. Uno de los momentos mas determinantes de la vida de un derviche mawlawī es, precisamente, la iniciación en el Awrād Mawlawī. Y es que en él se atesora todo el saber y el sabor del sabio sufí de Konya, cuya senda tratamos de seguir con tanto tesón y anhelo como humildad.

jueves, 23 de marzo de 2023

La Noche de la Mirada

La Noche de la Mirada

Halil Bárcena

"Šahr Ramaḍān comienza con una noche singular. Un mes excepcional no puede empezar de cualquier manera. La primera noche del mes de Ramaḍān recibe el nombre de Laylat an-nazara (ليلة النظرة), la "Noche de la mirada". Dicen nuestros sabios que en dicha noche Allāh (s.w.t.) nos mira. Por consiguiente, uno debe mostrarse en dicha noche tal como desea que Él lo vea. Quien brilla en los inicios, resplandece en los finales. Hay que entrar en el Mes de Ramaḍān como corresponde. Afirmaba el Profeta (s.a.s.): "Ad-du'ā' lubb al-'ibāda" (الدعاء لب العبادة), esto es, "La súplica o du'ā' es el corazón de las prácticas de adoración". Una de las variantes posibles del du'ā' de la "Noche de la Mirada" dice así:
اللَّهُ أَكْبَرُ، اللَّهُمَّ أَهِلَّهُ عَلَيْنَا بِالأَمْنِ وَالإِيمَانِ، وَالسَّلاَمَةِ وَالإِسْلاَمِ، وَالتَّوْفِيقِ لِمَا يُحِبُّ رَبُّنَا وَيَرْضَى رَبُّنَا وَرَبُّكَ اللَّهُ

lunes, 22 de junio de 2020

Noche del destino

Noche del destino

[Kadir gecemiz mübarek olsun / ليلة القدر مباركة].


Hay seres humanos 
que valen por toda la humanidad, 
instantes eternos, 
jardines que son el paraíso 
y libros que contienen todos los libros jamás imaginados y escritos. 
Una sola letra abraza todos los alfabetos, 
una palabra incluye todos los verbos,
una nota musical, solamente una, 
canta todas las melodías del universo;
una simple gota de agua abarca todos los océanos. 
Hay noches, hoy es una de ellas, 
que valen por mil meses e incluso más 

(Halil Bárcena)

lunes, 25 de mayo de 2020

Elveda. Adiós, mes de Ramadân.

Elveda 

Adiós, mes de Ramadân

foto de Halil Bárcena.
"Con cierto pesar, te decimos adiós,
mes de la abundancia, 
mes del gozo y el rigor.
Adiós, bendecido mes del Corán 
regalado en el vientre de una cueva, 
una noche más valiosa que mil meses;
aquel libro dicho en puro y cristalino árabe 
que prodiga luz sobre luz
y es música verbal hecha letra 
en todo cuanto existe y late.
Adiós, mes del Amigo,
tesoro oculto deseoso de ser hallado,
misterio de la rosa, fulgor del fuego.
Desde este mismo instante, 
mes de Ramadān, te anhelamos 
y te estamos aguardando". 

(Halil Bárcena)


[Ramazan bayramımız kutlu olsun / 
'Ayd mubārak wa kullu 'ām wa antum bi-jayr /
عيد مبارك سعيد وكل عام وانتم بخير ].

lunes, 18 de mayo de 2020

Du'ā', invocación.

Du'ā', invocación

foto de Halil Bárcena.

No t'amoïnis, fes du'ā' (دعاء) / Dert etme, duâ et.
No te aflijas e invoca Su nombre.

martes, 12 de mayo de 2020

'Donandı her yer kandiller ile', por Halil Bárcena.

Al rayar del alba

Al rayar del alba, te cantamos, mes de Ramadân, en la amada lengua turca


Títol: 'Donandı her yer kandiller ile'.
Gènere musical: Ilahī.
Lletra i composició: Anònim.
Maqām (escala musical): Acemaşiran.
Intérprete: Halil Bárcena.

Ramadān mubārak

Ramadān mubārak  

رمضان مبارك 

Ramazan ayınız mübarek olsun 




A Halil Necipoğlu Hoca y amigos.


[Hoşgeldin şehri Ramazan / Benvingut siguis, mes beneït / Bienvenido mes del Corán].

A Halil Necipoğlu Hoca y amigos



Tu música nos libera de nuestro ensimismamiento. Oímos tus melodías con lágrimas de emoción en los ojos. Permítenos unirnos a tu coro, aunque nuestra voz quebrada no sea digna de tus cadencias y modulaciones (Halil Bárcena).


(¡Ne kadar güzellik, Hocam...! Allah'a emanet olunuz).

martes, 20 de febrero de 2018

Sufismo: Centro, cima y cueva

Círculo sufí:

Centro, cima y cueva

foto de Institut d'Estudis Sufís.

Todo círculo de trabajo sufí ha de ser: Centro (que centre e invierta la tendencia a la dispersión del tiempo presente), Cueva (que cobije y al tiempo permita profundizar en el misterio de la Vida a través del silencio interior, huyendo de la epidemia actual de la superficialidad) y Cima (a la que se asciende de forma valerosa para tomar distancia y ver en conjunto y perspectiva). Todo lo demás son formas cultas de perder el tiempo (Halil Bárcena).

jueves, 25 de julio de 2013

El ayuno, según Ibn 'Arabî


Acerca del ayuno del mes de Ramadân

Ibn 'Arabî


El ayuno no es un acto, sino el abandono de un acto (tark). La negación de todo parecido con cualquier otra cosa en sí misma, un atributo negativo, lo que refuerza la analogía entre el ayuno y Al·lâh. El Altísimo ha dicho de Sí Mismo: “Nada se le parece” (Corân XLII, 11). Ha negado así la posibilidad de que exista algo que se Le parezca o con lo que pueda comparárseLe. Nasâ´î transmite el siguiente relato de Abû Umâma: “Me acerqué al Enviado de Al·lâh –que Al·lâh derrame sobre él su Gracia Unitiva y su Paz-, y le dije: 'Dame una orden que reciba directamente de ti´. Me respondió: `Ayuna, porque el ayuno no tiene nada que se le parezca´”. De esa forma negó que el ayuno pudiera ser comparado con cualquier obra de las que Al·lâh ha prescrito a Sus servidores.
Aquel que sabe que el ayuno es un atributo negativo –puesto que consiste precisamente en abstenerse de las cosas que podrían romperlo- sabe con certeza que no existe nada similar o con lo que se le pueda comparar. En efecto, el ayuno no tiene una esencia propia que sea susceptible de revestir una cualificación de realidad (wuyûd) inteligible para nosotros. Por esa razón, Al·lâh el Altísimo ha dicho también: “El ayuno Me pertenece”. No se trata, en realidad, ni de una obra de adoración ni de un acto ('amal). El uso de la expresión “acto” comporta una cierta impropiedad; lo mismo sucede con el término “existente” (mawyûd) aplicado a Al·lâh, tal y como la inteligencia humana comprende dicho término. En efecto, su realidad sostiene su Esencia (dhâtuhu) y no puede serle atribuido de la misma manera que a nosotros.
(Ibn 'Arabî, Textos sobre el ayuno, Mandala, Madrid, 2005)

martes, 9 de julio de 2013

Ramadân 1434/2013

Ramadân 1434/2013

¡Ramadân Karîm!


¡Bienvenido mes de Ramadân!

[“HOŞGELDİN YA ŞEHR-İ RAMAZAN]


miércoles, 17 de abril de 2013

'Dhikr', la 'encantación'



'Dhikr', 'encantación' sufí

Halil Bárcena



Toda la metodología espiritual del sufismo podría resumirse en una sola palabra: dhikr, que quiere decir, antes que nada, el acto de (re)cordar, esto es, de reconducir algo de nuevo al cordis o corazón. Todo en el sufismo es memoria, nos recuerdan -¡y nunca mejor dicho!- los propios sufíes. La vida se vive hacia delante, pero se comprende hacia atrás. Los espirituales sufíes son, así pues, hombres y mujeres que recuerdan lo que realmente son, que han tomado consciencia clara de su nada ontológica, que se saben alejados de la unidad primordial y anhelan retornar a ella. La idea del retorno -lo hemos visto ya al explicar las estaciones espirituales: tawba, la primera de ellas- recorre toda la literatura sufí, sobre todo la de ascendencia persa. De hecho, la primera estación espiritual o maqâm que recorre el derviche es, justamente, tawba, cuyo significado profundo es ‘retorno’, como nos recuerda Ibn ‘Arabí, más que no arrepentimiento, que es como se suele traducir de forma un tanto precipitada; tawba o experiencia del retorno que aparece aquilatada en la fórmula astagfirul·lâh.

De hecho, una de las características formales del propio Corán es la gran cantidad de fórmulas concisas que contiene, todas ellas de gran sonoridad rítmica, que se prestan a eso que el metafísico francés René Guénon (1886-1951) denominaba encantación. Afirma el gran metafísico francés: “La ‘encantación’ no es una petición e incluso no supone la existencia de alguna cosa exterior (lo que forzosamente supone cualquier petición), ya que la exterioridad no puede comprenderse sino en relación con el individuo, que precisamente en este caso se trata de superar; la ‘encantación’ es una aspiración del ser hacia lo Universal, a fin de obtener lo que podríamos llamar una gracia espiritual; es decir, en el fondo, una iluminación interior. El ser, en lugar de buscar que la acción de la influencia espiritual descienda sobre él como lo hace en el caso de la oración, tiende, por el contrario, a elevarse hacia ella. Esta encantación, que se define de esta forma como una operación en principio completamente interior, puede, sin embargo,  en gran número de casos, expresarse y buscar soporte en el exterior con palabras o gestos, que constituyen algunos ritos iniciáticos, tales como el mantra en la tradición hindú o el dhikr en la tradición islámica, y que deben considerarse como determinando vibraciones rítmicas que tienen una repercusión a través de un dominio más o menos extenso en la serie indefinida de los estados del ser” (Apercepciones sobre la iniciación, Sanz y Torres, Madrid, 2006, p. 218 y ss.).

Sea como fuere, y más allá de cualquier otra consideración, el dhikr constituye una suerte de remedio al estado de descentramiento y dispersión, de agitación y culto agotador a falsos ídolos, tan propio del hombre normal y vulgarizado. Leemos en el Corán: “¿Acaso no es mediante el recuerdo de Al·lâh [dhikru-l·lâh] con lo que se pacifican los corazones” (Corán 13, 28). 

miércoles, 10 de octubre de 2012

Tafakkur o reflexión

Tafakkur, reflexión sufí

Halil Bárcena



Se suele traducir (cristianizándolo) el término árabe îmân por 'fe', en el sentido de creencia en algo, cuando lo más correcto sería decir que îmân es apertura existencial al misterio de lo sagrado y, por extensión, a Al·lâh. Îmân, así pues, no es una cualidad que posean unos pocos privilegiados, sino un constitutivo antropológico del hombre en tanto que ser humano. Una de las características del tasawwuf o sufismo islámico, en tanto que vía de conocimiento, es considerar que el hombre no sólo conoce y aprehende la realidad a través de los sentidos y la razón, sino también mediante el îmân. El órgano propio de dicho conocimiento iluminativo, llamémosle así, es eso que los sufíes denominan en árabe 'ayn al-qalb u ojo del corazón, correspondiente al tercer ojo oriental.

La práctica sufí del tafakkur, que aparece insinuada en el propio texto coránico, es lo que podríamos llamar la reflexión propia de los sufíes. Y es que, insistimos una vez más, el sufismo es una tradición que apela, en primer lugar, no al sentimiento sino a la capacidad del ser humano de reflexionar. Así, Mawlânâ Rûmî, maestro de derviches, dirá: "Nuestro amor es fruto del conocimiento". Para el gnóstico persa Mahmûd Shabistârî (m. 1337), tafakkur “es caminar de lo falso hacia lo real, transcender la parte, lo relativo, para contemplar el todo, lo real”. Y es en ese punto en el que la práctica sufí del tafakkur se encuentra con lo sagrado. Decía Mircea Eliade que lo sagrado es lo real por excelencia, al tiempo que poder, eficacia, fuente de vida y de fecundidad. “El deseo del hombre religioso de vivir en lo sagrado”, afirmaba el investigador rumano, “equivale, de hecho, a su deseo de situarse en la realidad objetiva, de no dejarse paralizar por la relatividad sin fin de las experiencias puramente objetivas, de vivir un mundo real y eficiente, y no en una ilusión”.

Resumiendo, a través del tafakkur, que es la forma sufí de ejercer la reflexión, una reflexión que va más allá de la razón discursiva, pero sin negarla en ningún momento, el sufí trata de mitigar su sed de esencialidad y de verdad, sabedor de que lo real, la realidad realmente real, en una palabra, lo sagrado, nada tiene que ver con las tribulaciones mundanas de los humanos. Para el hombre de la modernidad, sin embargo, un problema mayor reside en el hecho de que, dado que desconoce casi por completo qué es lo sagrado, sacraliza cualquier cosa. Por consiguiente, un arranque eficaz del sufismo, ahora y aquí, pasa por hacer tafakkur acerca de lo sagrado y lo real, así como de lo profano y lo irreal. 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Tafakkur o meditación/reflexión


Tafakkur o meditación/reflexión

Halil Bárcena



El tasawwuf o sufismo islámico es un tarîq y una tarîqa, o lo que es lo mismo: una senda y un método. Una senda de apertura existencial a eso que en la cosmovisión coránica se denomina Al·lâh, y que en otros ámbitos religiosos se denomina Dios, el Vacío, la Nada o el Gran Espíritu; y un método para recorrer con garantías dicha senda interior. Centrémonos ahora en el segundo aspecto, el propiamente metodológico, el de la tarîqa. Dhikr (recuerdo o invocación del nombre divino), samâ’ (música y danza), jalvet (retiro), sawm (ayuno) y tafakkur o meditación/reflexión constituyen los pilares sobre los que se apoya la metodología del sufismo mevleví, el que se inspira en la obra y ejemplo del poeta persa Mawlânâ Rûmî (m. 1273). El secreto de las distintas prácticas reside en la siguiente tríada: repetición, hábito y estado; es decir. La repetición de algo genera un hábito que desemboca en un estado interior o hâl. Por consiguiente, las prácticas, para que ser efectivas, exigen, antes que nada, ser practicadas; y ser practicadas de forma coherente y juiciosa, bajo la supervisión de alguien legítimamente capacitado para dirigirlas.

Por lo que respecta al tafakkur, tal vez la práctica mevleví peor comprendida (dada la epidemia moderna del sentimentalismo, que borra toda huella intelectual de la espiritualidad), decía el teólogo Abû Hâmid al-Gazâlî (m. 1111): “El tafakkur desencadena tres fenómenos: primero, conocimiento (ma’arifa); segundo, estado interior (hâl); acción (‘amal). La acción depende del estado interior, el estado interior depende del conocimiento y el conocimiento depende de la meditación/reflexión o tafakkur. De ahí que la meditación/reflexión sea la base de todas las virtudes”.

La llamada primera del Corán, tal como ha sido comprendido por los sabios sufíes, se dirige, justamente, a quienes son capaces de reflexionar/meditar en profundidad. No es un texto, pues, que ponga el acento sobre el sentimiento, sino sobre el conocimiento o gnosis. Afirma el texto coránico: “Verdaderamente, en la creación de los cielos y de la tierra, y en la sucesión de la noche y el día hay, ciertamente, signos para los dotados de razón y que invocan a Al·lâh, de pie, sentados o recostados; y reflexionan y meditan en los signos de los cielos y de la tierra” (Corán 3, 190-191).

Para el derviche mevleví, la meditación/reflexión o tafakkur sobre los signos de Al·lâh, la presencia de lo divino en todo cuanto es y existe, constituye la puerta de acceso al único conocimiento que en verdad libera de verdad.

miércoles, 4 de junio de 2008

Sufismo y respiración

La respiración
como vía de silenciamiento



Halil Bárcena




“Alguien, dentro de tu respiración,

te da también respiración, promesas de unión.

Respira con él hasta tu último aliento.

Él te lo da con amabilidad y misericordia”

Mawlânâ Rumí



Hace un puñado de años, en la ciudad de Damasco, no muy lejos de la mezquita erigida a la memoria del místico sufí andalusí Muhy-ud-Din Ibn ‘Arabí, en un barrio de estrechas y retorcidas callejuelas y bullicio popular, trabé amistad por azar con un derviche errante de rostro apergaminado y barba en forma de puñal yemení, que en un árabe aproximativo —el hombre resultó ser iraní a la postre— me obsequió con una sugestiva teoría acerca del valor de la respiración. Según el decir sabio de aquel hombre, Dios otorga a cada ser humano al nacer un número exacto de respiraciones, ni una más ni una menos; lo cual implica que si las dilapidamos a lo loco respirando de cualquier modo, antes perecemos. Ni que decir tiene que para aquel anciano derviche, que debía de rondar los ochenta, calculo yo, el secreto de la longevidad estribaba en respirar pausada y profundamente. Un reciente estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha puesto de relieve que los habitantes del llamado primer mundo industrial y desarrollado respiramos hoy en día el doble que hace unas décadas. Y todo ello debido a la ansiedad que promueve un estilo de vida acelerado y competitivo hasta la neurosis. Hoy nadie duda que el siglo XX ha sido la centuria de la velocidad. La prisa ha infectado nuestras vidas. Tenemos prisa a la hora de comer, de respirar, de amar, de relacionarnos con los demás… Y si bien es cierto que de la velocidad hemos obtenido importantes recompensas, el precio que hemos pagado por ellas ha sido muy alto, excesivo diría yo. Ya lo decía Pascal: “Todo lo que se perfecciona por progreso, perece también por progreso”. Por eso, la lentitud constituye una de las máximas aspiraciones del milenio que viene. Lentitud, en suma, para disfrutar de lo más sencillo.

El interés por lo simple y lo natural está emergiendo cada vez más como una referencia saludable en nuestra sociedad contemporánea. Poco a poco, lo cualitativo se antepone a lo cuantitativo, lo elemental a lo complicado, lo esencial a lo superfluo. Y dicha tendencia no obedece a una moda más o menos pasajera, ni es un mero fruto de la casualidad. Paralelamente al paulatino deterioro del medio ambiente que impone una cierta forma de entender el progreso, aflora hoy con fuerza el convencimiento de que nos va mucho en la preservación de la naturaleza. Una naturaleza que, muy probablemente, constituirá un bien escaso en un futuro menos lejano de lo imaginado. Y es que según vaticina el ensayista alemán Hans Magnus Enzesberger, los grandes lujos del futuro serán cosas tan básicas como la naturaleza, el agua y… el aire que respirar.




Una perspectiva diferente

El análisis de la respiración como vía de transformación espiritual, sin embargo, nos exige una cala previa, acerca de lo que podríamos denominar la mirada sufí del cuerpo. Una mirada que es esencialmente holística, no fragmentaria, unificadora, y que, curiosamente (o no tanto), está en consonancia con las tendencias más avanzadas de la física moderna, ya se trate de la termodinámica o la cibernética. Dicho sin embudos, el cuerpo es, a ojos sufíes, una senda de conocimiento. Al fin y al cabo, todo pasa a través de él y en él. ¿Acaso el momento de mayor intimidad espiritual en la vida cotidiana del musulmán, como es la salat, no se vive desde y en el cuerpo, con sus diferentes posiciones y movimientos? Y es que la islámica es una espiritualidad carnalizada. En ella el cuerpo no es culpable de nada y, por lo tanto, tampoco ha de ser purificado de mal alguno mediante ninguna práctica mortificadora y ascética. Un hadiz nabawi dice así: “Tu cuerpo tiene derechos sobre ti”. En la salat (namaz en persa) el hombre no se nos presenta como un ser escindido y fragmentado, sino que se halla comprometido y entregado a la oración en su totalidad: cuerpo, corazón y espíritu.

Nuestro cuerpo no puede ser visto por más tiempo como una máquina biológica, tal como la ciencia ha sostenido durante tantos siglos. En efecto, hoy se impone pensar el cuerpo de otra manera y, lo que es más importante aún, percibirlo y sentirlo también de forma diferente. De ahí que sea otro el lenguaje que necesitemos ahora y aquí para tratar de describir la misteriosa y fascinante complejidad que atesora el organismo humano. Los viejos tópicos positivistas han quedado desfasados, ya no nos sirven. Dicho en pocas palabras, el sueño cartesiano ha tocado su fin. Al parecer, Descartes vivió toda su vida fascinado por los relojes. Para él, constituían unas máquinas excepcionales, únicas, mecánicamente perfectas. El filósofo y matemático francés, padre de la teoría de la duda metódica, creyó haber hallado en ellos la mejor metáfora para explicar el funcionamiento del cuerpo humano. Durante mucho tiempo, nuestra cultura ha compartido esa misma creencia. Extremadamente torpes, necios en nuestra ceguera racionalista, hemos ido demasiado lejos en nuestra burda fascinación por las máquinas, ayer los relojes, hoy los ordenadores, al convertirlas en patrones para medir la realidad. Sin embargo, hoy sabemos, la ciencia médica por ejemplo, que nuestro organismo poco tiene que ver con los relojes idealizados por Descartes y su funcionamiento mecánico. Tampoco tiene mucho que ver con los últimos ingenios informáticos. Con el uso del reloj, el hombre comenzó a medir el tiempo, y con él la realidad, basándose en un movimiento puramente mecánico. Antes, sin embargo, las cosas habían ido por otros derroteros muy diferentes. Los primeros astrónomos musulmanes, por ejemplo, lo habían hecho siguiendo las trayectorias cambiantes de las órbitas recorridas por los cuerpos celestes. Antiguamente, en las mezquitas, el muwaqqit, esa especie de guardián del tiempo, según la acertada expresión de Titus Burckhardt, calculaba el instante preciso de cada una de las cinco plegarias siempre basándose en la observación del curso de los astros.

A decir verdad, el tiempo jamás es igual. Es de sobras conocido que, según la estación del año, el movimiento de rotación del cielo es más rápido o más lento que, por ejemplo, la fría perfección mecánica del tic-tac siempre igual de un reloj. El tiempo ni se ve ni se oye. La verdad es que no existe ningún artilugio mecánico capaz de capturar la magia inaprensible del tiempo. Y es que, al fin y al cabo, el movimiento del cielo se asemeja mucho más a un ritmo que a una pulsación mecánica. En ese sentido, también nuestro organismo tiene mucho más de rítmico que de mecánico. ¿Qué es la respiración, al fin y al cabo, sino el más bello ejemplo de ritmo cósmico individualizado en cada ser humano? Qué duda cabe que el progresivo desarrollo de lo que podríamos denominar una percepción cuántica, tanto de nosotros mismos como del mundo que nos rodea, ha contribuído a superar, en parte, la óptica cartesiana, cuya insuficiencia filosófica es un hecho evidente en la actualidad. La teoría cuántica nos invita a observar el universo como un sistema vivo organizado en forma de compleja red, en la que existe un flujo constante de materia, energía e información entre las distintas partes de un todo unificado. La energía y la información están por doquier en la naturaleza. Y, por supuesto, también en nosotros mismos. Leemos en el Corán: “En la creación de los cielos y de la tierra y en la sucesión del día y de la noche, hay signos para los que saben reconocer la esencia de las cosas” (Corán 3, 190).




Ya no podemos continuar viendo en la realidad que nos rodea un puzzle integrado por diferentes piezas que nada, o muy poco, tienen que ver entre sí. La observación atenta de la naturaleza nos permite comprobar que todo en ella interactúa de forma armoniosa, según un orden preestablecido. El vasto campo semántico del término mizan mencionado en la azora coránica ar-Rahman ¿no incluye acaso las ideas de balanza, equilibrio, armonía, congruencia y, en un sentido un poco más amplio, hasta de ritmo, a la hora de referirse al orden intrínseco de los cielos y la tierra? En efecto, todo en el universo posee un ritmo y una proporción. Nada es por azar ni ha sido creado en vano. Todo está conectado entre sí, como si de un cosmos de fuerzas mutuamente relacionadas se tratara. Sin embargo, el racionalismo más a ultranza, atrincherado dialécticamente en un lenguaje obsoleto, nos ofrece una estrecha ventana al universo y también a la realidad íntima del hombre. Hoy por hoy constituye una forma empobrecedora de observar al mundo y de entender nuestra condición de seres humanos. Porque, a fin de cuentas, nuestro cuerpo es algo mucho más complejo y laberíntico que una simple máquina, algo que una vez dimos por definitivo. Tal como afirma el astrofísico Hubert Reeves, la naturaleza engendra siempre complejidad. Y la naturaleza humana no es una excepción. Dentro de nuestro organismo se abre todo un universo de delicada belleza y misterio. De sus entrañas más recónditas brota una fantástica catarata de prodigios, uno de ellos la respiración.

Los organismos vivos son seres fundamentalmente abiertos al exterior, dado que su existencia depende del flujo constante de materia y energía proveniente del entorno. Así resulta que ningún hombre es una isla. Al fin y al cabo, todos formamos parte del todo. Efectivamente, una brizna del cosmos late en nosotros. Nuestro cuerpo no está aislado del universo. No en balde nuestra composición química es más afín a la cósmica que a la terrestre.. Al margen de los gases nobles, los elementos que más abundan tanto en nuestro organismo como en el universo son el oxígeno, el nitrógeno, el carbono y el hidrógeno. Gracias a la presencia de éste último, por ejemplo, podemos considerarnos, en cierto modo, hijos de la luz, algo que, desde la filosofía iluminativa, ya afirmaba el gnóstico iraní Sohravardí allá por el siglo XII. Los místicos y visionarios del pasado, de los Vedas indios a los sufíes Yalal-ud-Din Rumí e Ibn ‘Arabí, de Lao-Tsé a Miguel de Molinos, no se cansaron de subrayarlo: nuestro cuerpo es el microcosmos en el que se contiene y refleja resumida la larga y rica historia del macrocosmos. Cada criatura expresa en sí misma la diversidad de la creación. Y es que a este respecto hay pocos paralelismos tan fascinantes como el que podemos establecer entre la sabiduría tradicional y las propuestas más radicalmente novedosas de la física contemporánea. De hecho, éstas no vienen sino a corroborar algunas de las más arcaicas intuiciones de la humanidad.

En efecto, resulta cautivador observar cómo la propia ciencia ha ido evolucionando, a lo largo del presente siglo, desde las ideas clásicas hacia concepciones cada vez más organicistas e integradoras de la realidad. En definitiva, hacia eso que, desde el ámbito del esoterismo islámico, Ibn ‘Arabí denominó, allá por el siglo XIII, unidad de la existencia (uahdat al-uyud), o lo que es lo mismo, la concordancia e interrelación mutua de todo cuanto existe. Todo está en todo e interactúa de forma sinérgica. Todo comparte una misma energía creativa, cósmica y unitiva, un mismo principio inteligente y ordenador. Todo es uno rezaba la máxima de los viejos alquimistas griegos. Así pues, contrariamente a lo que pensaba Descartes, nuestro organismo es cualquier cosa menos una máquina biológica pensante. Antes bien, constituye algo así como un complejo sistema reticular autorregulado, una suerte de trama vital capaz de adaptarse a las oscilaciones, en la que la información circula constantemente siguiendo unas leyes que, en muchos casos, escapan al ojo humano. Con todo, el nacimiento de la ciencia moderna le debió mucho a Descartes. Éste fundamentó su concepción de la existencia en la división radical de ésta en dos categorías independientes que, según él, nada tenían que ver entre sí: la mente y la materia. A partir de dicha fragmentación de la realidad, los primeros científicos se sumergieron en el estudio de la materia convencidos de que se trataba de algo inerte, inamovible, carente de energía. Para ellos, la materia estaba conformada por un sinnúmero de diferentes piezas, dispuestas entre sí a la manera de una gigantesca máquina cósmica —un reloj, sin ir más lejos— perfectamente ensamblada.

Durante los casi tres últimos siglos, todo el pensamiento científico occidental ha estado sujeto a dicho modelo mecanicista y lineal de concebir la existencia. Más allá, sin embargo, de los límites estrictamente científicos, este modelo ha dejado una impronta indeleble en la forma de pensar —¡y de sentir también!— occidental, condicionando nuestra manera de ser y de estar en el mundo.
En lo que respecta a la concepción del ser humano,…acaso el rasgo más llamativo de dicha influencia cartesiana haya sido el troceamiento del individuo en múltiples partes separadas y a veces hasta enfrentadas entre sí: cuerpo, mente, emociones… Durante mucho tiempo, sin duda demasiado, hemos vivido bajo la cruel tiranía del dualismo cuerpo/mente, esa pérfida idea según la cual ambos poco tienen que ver entre sí. Afortunadamente, hoy somos más conscientes de que, por ejemplo, nuestros pensamientos y emociones pueden influir, ya sea positiva o negativamente, en nuestro estado físico, y viceversa; algo, de otro lado, que ya sabían los médicos de la antigüedad, entre ellos los árabes y persas. Por todo ello, es preciso descubrir —¡o tal vez sea más humilde hablar de redescubrir!— un diálogo diferente con nuestro cuerpo y nuestra conciencia. La larga y fértil tradición sufí tiene algo que ofrecernos al respecto.






La respiración como vía de silenciamiento

Cuando nos referimos al cuerpo, no deberíamos de hacerlo de una forma reduccionista y restrictiva. En ese sentido, conviene recordar que los sistemas circulatorio, endocrino y nervioso, también son el cuerpo. De igual manera que lo son los múltiples y sutiles sistemas eléctricos que regulan todo el organismo y que aún hoy son pobremente comprendidos por la ciencia médica, como bien apunta Kabir E. Helminsky. Y, por supuesto, también la respiración es el cuerpo. A diario entran y salen a través de las fosas nasales unos 13.000 litros de aire ¡ahí es nada!, que es, no lo olvidemos, nuestro principal alimento y el más perentorio. En efecto, podemos permanecer sin ingerir alimentos sólidos y agua durante horas, días e incluso alguna que otra semana, a poco que uno se adiestre en la práctica del ayuno. Sin embargo, la ausencia de aire nos conduce irremisiblemente a la muerte en cuestión de muy pocos minutos. Por lo tanto, somos porque respiramos. ‘Nuestro’ Ibn ‘Arabi solía decir que “La vida es hálito y el hálito es vida”. En efecto, todo lo vivo respira. Hoy en día algunos científicos se atreven a decir que incluso la Tierra respira. Así pues, respirar es vivir y respirar conscientemente es penetrar la brecha del misterio que el vaivén rítmico del aire mece sin cesar.

La respiración posee un enorme influjo sobre el psiquismo humano. Una de las formas más eficaces de regular nuestras ondas cerebrales es, precisamente, a través de la respiración consciente. Así es; por ejemplo, las ondas alfa aparecen cuando, despiertos pero con los ojos cerrados, respiramos de forma rítmica y equilibrada. Las beta, cuyas ondas cerebrales poseen una escasa amplitud, son fruto de una respiración arrítmica y superficial, desgraciadamente la más extendida hoy en día. Por su parte, las llamadas ondas zeta, que en la mayoría de las personas sobrevienen sólo de forma involuntaria, pueden alcanzarse conscientemente aumentando la duración de la exhalación, tal como sucede, por ejemplo, en muchas de las técnicas respiratorias utilizadas en las escuelas sufíes. Dichas ondas cerebrales zeta son el producto también de ciertas formas de salmodia y canto, como es el caso de la recitación coránica o tayuid, o del avaz, el canto tradicional iraní. El control del ritmo respiratorio ha sido un catalizador para el despertar y la transformación interior en las tradiciones sagradas más diversas, incluido el islam, por descontado, como veremos más adelante. En cierto modo, me atrevería a decir que no existe espiritualidad seria sin respiración, al igual que tampoco existe sin música. En cierta manera, ¿no es la respiración sino la música interna de la persona?

La respiración en modo alguno constituye un acto mecánico reducido a un mero intercambio de gases. Ni mucho menos. Desde el punto de vista sufí, la respiración expresa trascendencia. Al respirar de forma consciente estamos ingiriendo las sustancias energéticas más finas y sutiles que anidan en el aire. Solo cuando la respiración es consciente posee un verdadero influjo espiritual. De otro modo se convierte en un acto inadvertido, automático, muerto espiritualmente hablando. En ese sentido, la respiración, en tanto que función autónoma que puede tornarse voluntaria, constituye una inmejorable puerta de acceso al vasto y complejo mundo de las pulsiones inconscientes. La respiración puede arrojar un poquito de luz y claridad sobre las zonas oscuras de nuestra personalidad. En ese sentido, conviene recordar que tan sólo somos capaces de transformar aquello que realmente conocemos. El resto, no. Hay quien sostiene, y no sin razón, que el aire que respiramos representa el mejor alimento de nuestros centros sutiles de energía. En la prestigiosa y venerada tradición sufí naqshabandí, dichos centros se conocen con el nombre de lataif. Son cinco y surcan nuestra geografía etérica operando como auténticos transformadores de energía espiritual.




A través de los tiempos, no pocos místicos y sabios han entrevisto la correlación existente entre el aire, el principio vital —eso que los hindúes denominan prana— y el espíritu. De ahí que no resulte casual que en diferentes lenguas de conocimiento hallemos vocablos que vinculan directamente aire y espíritu. Es el caso, sin ir más lejos, de la lengua árabe, en la que ruh designa a la vez espíritu y soplo vital. Afirma el físico Fritjof Capra al respecto: “La antigua intuición común expresada en todas estas palabras no es otra que el alma o espíritu como soplo inspirador de vida”. Esa misma idea expresada por Capra, la hallamos expuesta ya en ese hadiz que reza así: “Allah creó el universo a través del Hálito del Compasivo”. Dios está dando existencia perpetuamente a cada ser, en cada momento del tiempo, a través de su soplo compasivo. Como bien ha apuntado Henry Corbin, dicha afirmación constituye uno de los pilares centrales de la metafísica akbariana. En efecto, para Ibn ‘Arabi, del mismo modo que el hálito exhalado por los seres humanos incluye la palabra articulada que permite la comunicación, el Hálito del Compasivo (Nafs ar-Rahman en árabe) exhala esas otras palabras que son los seres humanos y posibilita de esta manera la vida. Así pues, la transmisión del ruh al cuerpo —en definitiva, de la vida—, se realiza mediante un soplo.

Ibn ‘Arabi consideraba que los cuerpos físicos son manifestados en el cosmos material sólo cuando el hálito divino los fecunda. Un poco por eso, aún existe la costumbre en muchos círculos sufíes de presentar a los recién nacidos ante el pir o sheij, a fin de que éste les sople en el rostro y les infunda su conocimiento a través de la respiración. Sufismo y respiraciónSi bien podemos degustar la fértil literatura sufí por su cautivadora belleza estética, lo que es cierto es que, esencialmente, se trata de una literatura de acción. En definitiva, respirar, al igual que vivir, no constituye una idea ni una creencia, como tampoco lo es el tauhid, verdadero núcleo del trabajo sufí, sino un acto, una experiencia a encarnar. Afirma el insigne sufí Abu Yazid al-Bistami (m. 874): “Para el gnóstico, el verdadero culto es la respiración”. Y el no menos célebre Abu Bakr ash-Shibli (m. 945) sostiene: “El tasauuf es el control de las facultades y la observación de la respiración”. En el marco de la ya antes mencionada escuela sufí de origen persa naqshabandí, la respiración ocupa un espacio capital en tanto que vía de transformación espiritual. Dice su fundador, Bahauddin Naqshaband (1317-1389): “Esta escuela está construida toda ella sobre la respiración. Por eso es un deber para todos los buscadores ser conscientes de la respiración en cada inhalación y exhalación”. Más aún, la primera de las once reglas que conforman el trabajo naqshabandí dice así: hush dar dam, que vertido del farsí significa ‘conciencia de la respiración’, uno de los métodos más potentes para crear una conciencia interior.

Sea cual fuere la circunstancia en la que se halle, el murid tratará, en todo momento, de anclar su atención en la entrada y la salida del aire. Bajo la tutela de un guía experto y competente, condición ésta indispensable en todo trabajo que implique la modificación de la respiración, perseverará en la senda, hasta el punto de oír en la música silente de la inhalación y la exhalación el eco bello y al tiempo poderoso de la divinidad. Sabido es que el sufí gusta de llamarse a sí mismo hijo del instante, ibn-ul-uaqt en árabe. Curiosamente (o no tanto), el vocablo farsí dam expresa al mismo tiempo los conceptos de respiración e instante, por lo que podríamos afirmar que el sufí es un hijo del instante, sí, pero también de la respiración. Lo cierto es que respiramos siempre en presente. Comemos, bebemos y dormimos, por ejemplo, para unas cuantas horas, valga la expresión. Sin embargo respiramos en, desde y para el presente. Y es que el tiempo del sufí está hecho de ahoras. Para él, sólo el instante es eterno.





La respiración posee una inequívoca dimensión transformadora, alquímica podríamos decir y en el contexto sufí está estrechamente ligada al dhikr. Efectivamente, todo dhikr o acto de recuerdo, de rememoración de la presencia divina, ya sea vocal (yahri) o silencioso (jafi), individual o colectivo, posee una dinámica respiratoria precisa. Las diferentes prácticas respiratorias sufíes operan una evidente metamorfosis en nuestra percepción del hecho respiratorio. Los límites ilusorios de la individualidad, los mismos que nos impiden palpar la unidad que hay en todo, se desvanecen, se esfuman en el cosmos. Al fin y al cabo, todo el universo es respiración. En el acto respiratorio se produce la unidad orgánica del individuo y el universo. La pretensión egoísta de ser uno el protagonista de la respiración desaparece. En realidad, uno ya no es el que respira, sino que más bien se siente respirado.

Ciertamente, la respiración es un símbolo del vivir, esto es, del ser, pero también lo es del morir. Si la inspiración nos conecta orgánicamente a la energía del universo, como hemos dicho, la expiración constituye una especie de muerte, de aniquilación, de entrega generosa y abandono confiado a la divinidad que late en cada aliento. ¿Acaso no es éste el sentido literal del término islam? Vivimos con el temor de perderlo todo. Erróneamente creemos que dar significa perder. Sin embargo, es todo lo contrario. Soy en la medida que más doy. Por paradójico que pueda parecer, cuanto más doy más tengo. Por eso, nadie que no sea generoso exhalará sin sobresaltos, puesto que temerá perder la vida en cada aliento exhalado. Y al contrario, una persona generosa pronunciará un gracias sincero con cada expiración que se desliza de su ser y en cada acto de vaciado hallará la plenitud de la vida. Del mismo modo que una persona recalcitrantemente egoísta jamás tendrá bastante con el aire que inhala. Si por él fuera, consumiría la vida inspirando y aún así no tendría suficiente aire. La expiración le supondrá un lastre pesado; para él, estará de más.





Quizás por todo ello, y otras muchas cosas más, los sufíes han escogido la rosa como uno de los símbolos predilectos de su trabajo interior. Es de sobras conocido que si cortamos puntualmente las rosas que brotan de un rosal, éste nos obsequiará con muchas rosas más. Si, por el contrario, dejamos que éstas se marchiten en la planta, su producción será menor. ¿Cabe una mayor generosidad? Hablando de rosas y de respiración, me gustaría mencionar finalmente, siquiera sea de pasada, el papel que los perfumes juegan en el islam, en general, y en el sufismo, en particular. De hecho, todas las grandes culturas se han sentido fascinadas por la magia y el hechizo de los perfumes. Éstos poseen notables propiedades curativas. La llamada aromaterapia los usa con notable acierto gracias a su carácter apaciguador. En el Oriente islámico vienen siendo utilizados con fines terapéuticos y espirituales desde hace muchos siglos. La verdad es que en los perfumes orientales ya es un aroma hasta el propio nombre.


(Publicado en Webislam, nº 14, verano 2000, pp. 54-60)

martes, 27 de mayo de 2008

La plegaria del derviche





Del rezar









Halil Bárcena













Sí, es cierto, hubo un tiempo en el que recé. De hecho, he rezado desde bien pequeño, podría decirse que casi desde siempre. Pero ahora ya no, o al menos no como entonces, aunque tampoco como de adulto. No rezo, y menos aún en mezquitas ni iglesias, sinagogas o pagodas. Hay quien dice que rezar es dialogar con el gran desconocido. De ser así, insisto, yo no rezo, pues cuando me siento en el suelo, al rayar el alba, siempre en el mismo rincón de casa, descalzo, los ojos cerrados, la cabeza ligeramente inclinada hacia el corazón, más que dialogar con nadie lo que trato de hacer es, justamente, lo contrario: silenciar, pararlo todo. Un silencio que no pide nada, que nada exige ni reclama, que nada espera. Un silencio que es eso, nada. Un silencio que es experiencia solitaria, aunque también sé que el silencio colectivo suma. En uno de los pasajes más sublimes del Corán (50, 16) se afirma que Él, Dios, está más cerca de nosotros que nuestra propia vena yugular. Pues bien, eso es todo cuando hago: oír desde el silencio el palpitar de mi yugular.


He empleado los últimos veinte años de mi vida en el sufismo, una tradición, que en su mejor cara, al menos la que a mí más me interesa, abomina de todo formalismo. Un místico sufí de principios del siglo X, el persa al-Hallāŷ escribió: “Para los amantes, los sufíes, rezar es un acto de infidelidad”. A mí, rezar se me ha vuelto inútil, el silencio no. El silencio y… también la música. Como decía el poeta libanés Jalīl Ŷibrān, cristiano para más señas: “el canto es la mejor oración”. Con Rūmī (s. XIII), maestro de derviches, aprendí años atrás que la música y la danza del giro constituyen, en efecto, una forma de orar. Así pues, desde que danzo ya no rezo. O mejor dicho aún, ahora rezo danzando.





(Publicado en El Ciervo nº 662, mayo 2006, p. 25)

Lecturas recomendadas

  • Abbas Kiarostami, Compañero del viento (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2006).
  • Khalili, Una asamblea de polillas (Mandala, 2012).
  • Masood Khalili, Los susurros de la guerra (Alianza, 2016).
  • Shams de Tabriz, La quête du Joyau. Paroles inouïes de Shams, maître de Jalâl al-din Rûmi. Trad. Charles-Henry de Fouchécour (CERF, 2017).
  • Tom Cheetham, El mundo como icono. Henry Corbin ya la función angélica de los seres, (Atalanta, 2018).

¡Ah... min al-'Eshq!

"A nosotros que, sin copa ni vino,
estamos contentos.
A nosotros que, despreciados o alabados,
estamos contentos.
A nosotros nos preguntan: “¿En qué acabaréis?”.
A nosotros que, sin acabar en nada,
estamos contentos"

Mawlānā Ŷalāl al-Dīn Rūmī

¡... del movimiento a la quietud!

... de la palabra al silencio !!!

"Queda mucho por decir,
pero será Él quien te lo diga
para que lo entiendas, no yo"

Mawlânâ Yalâl al-Dîn Rûmî (m. 1273)